viernes, abril 01, 2005

Cuauhtémoc:División del Norte: 11:30

martes, marzo 29, 2005

Recibí con alegría y ánimo de adolescente tus gozosas y perturbadoras entregas que me llenaban de deseos desordenados al abrir cada una de ellas, aunque poco me durara el gusto y las ganas, ya que, e ignoro el porqué, en los sobres veía horrorizado tan sólo hojas y hojas en blanco, sin ninguna palabra, sin rastro o indicio alguno de ti: ausente estabas, y es que a pesar de estas entregas súbitas, no hay noticia sobre tu persona, nada que me hable, porque tú así lo desees, de quién eres o has sido, y yo, me doy cuenta, estoy sólo al margen.

lunes, marzo 21, 2005

Entumido por el frío y el alcohol, caminaba ya muy de madrugada por Paseo de la Reforma, pensando entretanto —y ya de forma mecánica y aburrida, porque sin dinero ya no había otra cantina o centro nocturno a donde ir— que dentro de un par de días —hoy precisamente— se cumpliría uno más de tus treintaytantos natalicios, y yo, simplemente para no perder costumbre, lo pasaría disimuladamente por alto, fingiendo no recordar en lo absoluto ni lo más mínimo sobre ti, aunque en gran parte sea verdad y no lleguen a mis recuerdos los tuyos ni por equivocación o casualidad (o con una patología que desearas que de ti hubiera adquirido) o te llamara y escribiera —tal como tú sí lo has hecho— para decir que no es cierto que viva con las escenas candentes, pero no sé por qué tengo siempre ganas de telefonearte y decirte que aquéllas fueron y son maravillosas, y que si las repites me tengas en mente, lo cual, estarás completamente de acuerdo conmigo, no haré siquiera en broma, porque, las escenas candentes, como eufemísticamente las llamas, son sólo un recuerdo: las únicas que alcanzo dibujan apenas un bosquejo que a lo sumo produce risas y pena ajena, y que más valdría no revivir por el bien de tu salud mental —que por cierto, he pensado, está en verdad más dañada y atrofiada que la mía, ya que yo no veo moros con tranchetes en donde no existen: mira que asegurar con tanta seguridad que, luego de que hurgaras en mi correspondencia pública, hay cartas que te he escrito sin avisarte, poniendo en evidencia no sé qué tantas tonteras, que nunca acabas de enumerar, o porque o finges demencia o porque tu maldito teléfono móvil (que cargas hasta en sueños) corta la comunicación— y tus relaciones con el sexo opuesto, porque, apuesto, de ti se han apartado ya las cantidades de pretendientes que, muy entusiasmados, como yo, la primera vez, terminan por emborracharse y olvidar que salieron con una oradora autolacrimógena, que a lo único que induce es a quedarse enclaustrado en la casa mirando sosas series gringas de televisión y largos y soporíferos infomerciales, preferibles antes que una de tus charlas tristísimas, que hoy estarás ya evocando mientras partes pastel y piensas si te hablaré por la noche, o quizá mañana temprano, para decirte si recuerdo esta fecha —o por lo menos la noche de hace un par de semanas, en la que, tras consumir grandes cantidades de grados licor, no hice más que besarte y otras cosas de las que la memoria, afortunadamente, no me deja hablar—, o si nos volveremos a encontrar en unos días para darnos cuenta de lo bien que nos complementamos (sic).

lunes, marzo 14, 2005

Te fuiste y no pude despedirme de ti.

lunes, febrero 28, 2005

Yo no quiero llegar,
yo quiero ir.

domingo, febrero 20, 2005

Caminábamos torpemente de una a otra orilla de la banqueta sobre San Juan de Letrán, pensando y confesando entre tanto que para ser más de media noche, y después de ya varias cantinas, yo algunos tequilas y tú otros tantos vodkas, el único lugar que nos faltaba aún por visitar, el que cantidades de veces imaginaste tomar por asalto y yo que de igual forma evité conocieras, era mi oscura alcoba, que ahora, tras haber echado a mis huéspedes, se convirtió en el sitio perfecto para reiniciar nuestros encuentros cercanos que por azares del destino debimos clausurar al grado de que no volviste a dirigirme la palabra, mientras yo todos los días me olvidaba de ti, al lado de una fascinante mujer que remató mi corazón como carne de segunda en un negocio de hamburguesas, porque, aseguró, a mí ya no me hacía falta y era éste el mejor uso que podría darle, comentario al que te sumaste, al atravesar Isabel La Católica, con una mirada que hizo aparecer un recuerdo, un beso y un dedo, que terminaron con la tristeza del sábado negro, el de ayer, que había vivido.

viernes, febrero 18, 2005

El poeta regañado por la musa
De Héctor Carreto

"Ante sus cabellos, el viento
fue incapaz de enredarse.
Intactos, sus labios permanecen.
Sólo la luz —camafeo— fijó el recuerdo",
fueron los versos que escribí pensando en Ella.

Después de leerlos, la Musa marcó mi número:
"¿Por qué me describes con palabras de epitafio?
Según mi espejo de mano, no estoy muerta ni soy estatua.

Tampoco quieras que me asemeje a tu madre.
¿Estás enfermo, o qué sinrazones
te obligaron a cambiar de poética?
¿Acaso aseguras un túmulo en la Rotonda de los Ilustres,
en el Colegio Nacional, o paladeas dieta vitalicia?

Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.

Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo
mi talento en el baile, mi afición por el vino.
Presume al lector de mis piernas en la loca bicicleta
de los encuentros sudorosos cuyos frutos son tus epigramas.

Tampoco ocultes que tenemos diferencias.
Entre la musa que riñe contigo y la que duerme en un lienzo,
no dudes: confía en el instinto."

martes, febrero 15, 2005

Ya olvídate de eso, nunca vas a volver.

jueves, febrero 10, 2005

Sabes que a pesar de las veces en que he estado loco de alcohol no lo he necesitado para confesarte el fervor y calentura que te profeso, pero que a su vez éste mismo me ha permitido decir verdades de las que siempre dudas, y que al paso del tiempo te has dado cuenta de que son tangibles, tanto como las tantas y tantas mentiras que me has dicho y en las que en un principio he creído, pero que al paso de los días tú te has dedicado lastimosamente a la tarea de desmentir por lo mala actriz que has resultado y por lo que de otros que, en un principio me he negado a creer, pese a las evidencias, han sido la muestra fehaciente de que siempre he sido tu marioneta a la que has tratado a vil capricho y gusto, muy a pesar de mis caras de tristeza y enfado en las que no crees ni te interesan, pero que para mí son síntomas del dolor que por ti he logrado convertir en costumbre que todos los días me persigue, tanto como la culpa de la no lograda confesión que quise hacerte al hablar del día en que estuviste entregada a mí, completamente entregada, y yo sólo pude inventar una vil mentira de la que luego me arrepentí, y que tú deplorablemente desdeñaste, pero que, si te hubieras enterado, sabrías que mucho de lo que aquí dejo huella es ficción (no como tú), y que contigo he culminado mi vida errante (de la que veo por tus actitudes habré de retomar en un futuro no muy lejano) para dar paso a la incertidumbre y zozobra llena de besos y caricias, que hoy habré de olvidar porque, como lo anticipaste, esto está condenando al fracaso.

sábado, enero 29, 2005

Anoche llegué reventando en grados de licor y sin más me arrojé como un perro en mi alcoba.
Lloré y no sé por qué estoy triste.

jueves, enero 20, 2005

Te besé anoche con la boca llena de alcohol aguardientoso para que supieras que no te arderían los labios y el paladar de la misma forma en que se te incendió al mentir y decir que no lees ni por error estas líneas que aquí dejo, y que tal vez en su mayoría sean falsas, pero que no se comparan en nada con las tantas y tantas que ya me habrás dicho, pensando que, sí, soy tu burla, tu carcajada.

miércoles, enero 19, 2005

El que ríe al último...
es un pobre rencoroso.

domingo, enero 16, 2005

Toda mi casi inextinguible verborrea que poseo y que me ha valido no sólo los cumplidos de desquiciado mental sino también los comentarios de mujeres hermosas muy bien halagadas (como el jueves pasado en que, mientras charlaba acaloradamente con editor en un café ubicado en pleno corazón de Coyoacán, puse a rodar toda mi maquinaria y me armé de valor para acercarme a Cecilia Suárez y decirle hola, soy Nicoménicus y he visto todas tus películas, a lo que ella sonrió y musitó sensualmente un mucho gusto, yo he leído varias veces tu página y creo que eres un tipo encantador —o por lo menos creo yo fue lo que pensó al mirarme en silencio—, y que tras escucharme un par de minutos me dio un teléfono al que sugirió le llamara) desapareció por completo al verte el día de ayer, pues lo único que se me ocurrió balcucear, en medio de bien logrados titubeos y tartamudeos, es que mi madre, a quien conociste hace casi medio año, no ha dejado de preguntarme por ti e inquirir en cuándo irás a casa para conocerte un poco más, porque, hijo, entiende que ella es una chica que además de bella vale la pena, ya que te alejaría de esa vida tan irregular, desordenada y errante que llevas, la cual, supongo, ignoras, puesto que son ya varios los años en que apenas si te he visto y hemos cruzado un par de palabras, y es que, si te soy sincero, mi estulticia y torpeza se vuelven lúcidas y dan lo mejor de sí, coadyuvando a comportarme como verdadero imbécil, y que seguramente es lo que sigues pensando de mí, a la vez que yo me doy cuenta de que nada ha cambiado entre nosotros, pues sigo siendo el mismo imberbe al que le tiemblan las rodillas al mirarte los ojos, i . . a.

sábado, enero 15, 2005

Reply:

Cría cuerdos
y te sacarán
vaciarán
picarán
robarán
violarán
escupirán
secarán
domesticarán los ojos

lunes, enero 03, 2005

Cría cuervos...
...y, sí, te sacarán los ojos.

domingo, enero 02, 2005

Ya conociste al indio bueno, ora vas a conocer al indio malo, fue la misma frase que aquel personaje hollywoodense galardonado con un Oso de Berlín le profiriera a la protagonista blanca cuando ésta le echó en cara su último comportamiento hacia ella, y que con una espumosa rabia mascullé entre dientes, sólo para mí, al escucharte decir que tú y yo nada hicimos la noche del cambio de un año a otro, porque esa tarde apenas si fueron un par de minutos los que nuestras miradas utilizaron para saludarse y enviarse acaso un inesperado, extraño e inexplicable guiño con tintes de flirteo, que, aseguras, confundí gracias a mi bien logrado estado de ebriedad y alcohol barato, y que quizá éste se debió a una ebriedad malsana, loca y desenfrenada hacia ti, ya que los únicos turbados etílicamente fueron un par de púberes, a quienes les doblábamos la edad, que ingerían nuestras sendas copas mientras tú y yo hacíamos lo propio y lo previo para conocernos de forma bíblica, porque, acuérdate, que bailamos y nos comportamos como si fuera el último día de nuestras vidas, pese a que hubiera un mañana —que hoy ya es ayer— en el que —¿para qué negarlo si medio mundo se enteró?— despertamos casi a mediodía, el uno sobre la otra, más o menos así, y tú, ya más tarde, confesaste tu sorpresa y admiración ante tus amigas y conocidas sobre lo que había ocurrido, arguyendo que todo había sido producto de la confusión y "la ebriedad" que me había hecho alucinar e inventar una historia que empezó, luego de varios tragos de aguardiente y tequila, y continuó, cuando comenzaba el año nuevo, justo en el momento que me tomaste eufórica para besarme y decirme, susurrando, que no me aprovechara de ti, mientras yo, mudo y preso de lujuria, seguía como siempre sólo tus proposiciones de facto y no las verbales: no podrás negar que contigo he sido únicamente dócil y un verdadero asno... pero ya no: guárdate de mi desprecio.

martes, diciembre 21, 2004

Fulgor de mostaza.

domingo, noviembre 28, 2004

Jamás nadie verá un dolor como el suyo, ni angustia parecida ni tanta soledad...

martes, noviembre 23, 2004

Deberé pedirte te persuadas de pensar que más allá de haberme perdido en ti estos últimos días, y dicho sea entre nosotros con verdadera y franca sinceridad, por flaquear en los deliquios de las delicias del amor, es más bien porque como la mujer que eres, en toda la extensión de la palabra, sin pasar por alto, claro, tus labios y carnes que torpemente, y mal, he conocido, he encontrado en ti a alguien que con salvaje concupiscencia interesa a mi corazón, y que en cada una de tus palabras, con las que, ya ves, he querido aprender a conjugar el futuro perfecto, y cada una de tus maneras, iras y carcajadas, no hallo más que motivos para desearte, olvidarme de mis sueños y entregarme a delirar e imaginar que despertaras al lado mío para morderme una oreja o regañarme por lo bruto que soy, he sido y me he comportado por el apetito inmoderado de cogerte de la mano, y el cuello, salir huyendo y escucharte, quizá y es mi deseo, decir que quieres y anhelas tomarme del pelo y estrecharme con voracidad, o, por lo menos, que ya has aprendido a amarme, si no con locura, sí con una mesura que me es extraña y ajena, porque sabes lo mucho que te estoy necesitando.

lunes, noviembre 08, 2004

De furia loca fue la sorpresa que desorbitó a tus ojos tras enterarte que después de todo sí habías aparecido en un publicación para caballeros: no con un texto de los que tanto presumes y que además te han valido el respeto de un puñado de escritores que acostumbran aplaudir como foca tu trabajo intelectual: eras simple y llanamente tal y como no te imaginaste: tú y sólo tú que además de dedicarte a los pilates acostumbras alcoholizarte sin medida: vodka tras vodka: borrachera tras desmemoria idéntica a la que te invadió esa noche en que un tipo sacó su tarjeta de presentación en cuya esquina izquierda había una cabeza de conejo y que tras una breve charla te invitó a lo que ahora ya sabes y yo debo sin remedio aceptar: tu aparición y la de mi rabia que vuelve cada vez que recuerdo esto y que me hace tirar de mis cabellos al pensar en que miles de mequetrefes sin nada mejor que hacer te encontrarán entre modelos canadienses y entrevistas a celebridades que pasan desapercibidas por mis amistades quienes al consultar tal publicación suelen sólo telefonearme para preguntarme con franca desconfianza pero en espera de una morbosa afirmación si en verdad eres tú la que aparece ahí: sí es mi respuesta y niego saber cómo es que te lograste colar a tal mundillo de imágenes e impresiones a sabiendas de que debieras estar más bien en uno de esos comics gringos de personajes decadentes en los que yo sería tu patiño y atolondrado enamorado y tú a la vez una mujer delineada por los ojos de un lujurioso que conoce a profundidad tus pliegues y que con un degenerado talento sabría dibujarte en una estampa que ni yo mismo podría describir: tú hablando y escupiendo injurias y calumnias como frenética y desquiciada entre lágrimas y balbuceos sobre lo mal que te tratamos la vida y yo en especial: cuando acudes a esta recurrente escena y yo no hallo otra cosa que el monótono mutis que suelo representar por mi parte mientras pienso en cosas importantes como escribir una novela que espero sea un hitazo y que comience de forma memorable: en un lugar de Naucalpan de cuyo nombre no puedo acordarme ni mucho menos saber qué sería lo siguiente: tienes siempre la osadía de interrumpirme mis libérrimas y originales interesantes ideas para besarme y repetir ensalivadamente frases que arrojo ipso facto entre el olvido y el no me acuerdo porque lo que enseguida hago es acariciarte lúbricamente y decirte que sí tienes toda la razón en lo que sea y más en la canallada que te jugaron al incluirte en esa publicación que muy a pesar de la incredulidad de quienes la han visto te muestra y compara frente a mujeres llenas de bolas tal y como te he querido ver: callada.

viernes, noviembre 05, 2004

...
"No sé cuándo nos volveremos a ver. Hoy te dejó aquí, lejos de todo y de todas, no porque así lo hayas decidido, sino porque las circunstancias despiadadas te obligaron a ello. Quise estar a tu lado para avivar una pequeña flama de esperanza, para encenderla diciendo que este amor es más grande que esta brutal prueba que nos han impueso. El otro día mientras cenábamos fuiste muy claro. Puros cojines buenos de mi lado, de lo que tú has significado en mi vida, de lo que me has traído. De tu lado, sólo cojines malos. Lo sé, por eso no puedo perdonarme mi egoísmo, mis deseos de salvarme sin saber que te estaba condenando... por eso no te culpo de tu indiferencia, de tu desamor, de tus gritos, de tu rencor y resentimiento. Soy capaz de incarme, de arrodillarme, de firmar mi carta de rendición para que no te toquen. Tal vez llegó el momento de tocar una puerta. O tal vez ya es demasiado tarde. Sé que a partir de ahora se irán las noches y casi no dormiremos, que los segundos serán muy lentos, que seguramente querré prender fuego a nuestra cama ante el dolor de tu ausencia, porque me estaré secando por dentro y por fuera, porque no tendré tus besos ni tus caricias ni tu mirada."

sábado, octubre 09, 2004

He de atreverme a arrojarte sin miramientos mi arenga reiterativa sobre la desmesura con la que te he buscado y te busco, porque son ya incontables las ocasiones en que, teniéndote a mi lado, me he contenido para acercarme, tomarte de la cintura y morderte nuevamente, y quizá ya hasta sangrarte, esos labios cuyo insultantemente dulce sabor es también agrio las veces en que dices no, no y no, sin saber, por supuesto, que en cada negación se apodera de mí un frío aterrador que provoca que la sangre refluya de mi corazón, como hace apenas unos días, en los que, mientras te miraba, setenta veces me reprendí y prohibí el buscar tus brazos, porque lo más juicioso es olvidar esas tardes húmedas en que hacíamos "cochinadas", aseguraste, y en las que yo, preso y enfermo todavía de esas suciedades, al llegar a mi alcoba, caía de rodillas completamente loco, entregado a mis pensamientos que giraban sólo en torno tuyo tratando acaso de olvidar que no sólo eres una mujer hermosa y blanca, sino también lo que en mi vida está faltando, pese a que afirmes que de eso ya nada existe, ya que ignoras y desconoces las noches en que temblando de tristeza me he dormido o amanecido con la única idea de que cada vez estás más lejos de mí y yo de recobrar la sensatez y cordura.

jueves, septiembre 16, 2004

Recitar!
Mentre preso del delirio non so più quel che dice e quel che faccio! Eppur... e d'uopo... sforzati! Bah, se' tu forse un uom! Ah, ah, ah. Tu se' Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina. La gente paga e rider vuole qua, e se Arlecchin t'invola Colombina, ridi, Pagliaccio, e ognun applaudirà! Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto; in una smorfia il singhiozzo e il dolore...
Ridi, Pagliaccio, sul taro amore infranto! Ridi del duol che t'avvelena il cor!

sábado, septiembre 11, 2004

viernes, septiembre 10, 2004

Esta ciudad nos duele como una espina en la garganta.

sábado, septiembre 04, 2004

Llamaste temprano, antes de media semana, para saber por mí y el porqué de mi ausencia nocturna del día anterior, y, sin decir palabra mediante, llamaste nuevamente, minutos más tarde, pero esta vez a la puerta de mi casa, ya no para acompañarme como una semana atrás a tomar café a El Jarocho y charlar sobre el tiempo perdido, así como de una inquietante preocupación que, nacida de no sé dónde, tienes ya por mí, sino para, de entrada, abofetear mi inextinguible concupiscencia que insinué y traté de incitar al recibirte ataviado con una toalla que me hiciste cambiar rápidamente por ropa más bien aburrida, porque, lo que en seguida se te ocurrió, sin mirarme a los ojos un sólo momento desde que hubiste entrado hasta que salí de mí alcoba, fue lavar una pirámide de trastos olvidados mientras alegabas de forma dulce pero enérgica, que por "nuestro bien" debía yo ausentarme tanto de los brindis de principio como de fin de semana, ya que el sendero de la vida nada valioso me había dejado los últimos años, como tampoco el fuego indomable de mi violenta pasión que muestro en mis afectos (sic), y que por mí debía yo procurar dominarme, sin olvidarme, continuaste, que mi talento (lo que fuera a lo que te referías), mis relaciones y mi instrucción me tenían reservados muchos goces, ello porque deplorabas el aislamiento y el alcoholismo al que me he confinado, así como, recientemente, por la fatal inclinación que me arrastra a una mujer que lo único que puede hacer por mí es compadecerme, sin darme cuenta que, y no supe si era una declaración formal de amor, hay personas que preocupo y lastimo, tal como aseguraste ocurría en ese mismo instante en el que me había evadido de tu monólogo diatriba para sumergirme en las páginas de mi querido libro Die Legende vom heiligen Trinken, porque ya entonces te encontrabas frente a mí tomándome de las manos, y con tus rasgados ojos a punto de llorar, me orillaste a prometerte que cambiaría las conversaciones etílicas y los abruptos y espontáneos amores, por las charlas domésticas y la consumación de algo que preferiste ya no mencionar, porque entonces hubo sólo y finalmente una caricia y una despedida a la que han seguido esas puntuales llamadas de cinco minutos todos los días, antes de partir al trabajo, y en las que me reiteras debo cumplir cabalmente la soporífera promesa que, dicho sea entre nosotros y que a ningún lector entrometido le deba importar, soporto sólo a través de tus risas telefónicas.

miércoles, septiembre 01, 2004

no faltará la historia que te he relatado mientras movía las manos creyéndome otro;

sábado, agosto 28, 2004

Debo confesarte que la sola idea de que no podré verte tantos días, y no hablemos ya por favor del tiempo en que tendré que esconder las insultantes y torpes maneras que tengo para dirigirme a ti, me llena de una callada tristeza que jamás imaginé volver a sentir y que sentí el día que como bruto e imbécil te despeiné y casi desvestí sobre Canal de Churubusco mientras tú no acertabas a correr o quedarte y hacer otro tanto sobre mí, porque muy a pesar de las tiernas caricias que busco y trato de evitar al mismo tiempo, cada una de tus ya desgastadas negativas me han dolido como una coz en la quijada, pese a que repitas e insistas que es algo que ya has dicho una cantidad exagerada de veces, y que, por mis inocentes y salvajes actitudes, prefieras permanecer en silencio los momentos en los que no hago más que contemplarte y pensar que, efectivamente, lo único que deseo es estar junto a ti, porque, entérate una y otra vez, eres, de forma extraña e inusitada, todas las mujeres que he querido tener, y yo quizá, sin pretensión alguna y de igual manera, todos los hombres que te han querido y deseado, y que de esto tendrías que haberte dado cuenta no sólo desde la vez en que te descuidaste y te tomé por sorpresa, sino también porque y sin que haya sido tu intención has ocupado todos mis días y noches, desde no sé cuando, con un fervor y una desmesura que desconoce límite alguno, y que aunque lo más seguro es que en estos momentos estés pensando en problemas que afecten probablemente más tu vida, yo me empeño además en olvidar que no he sabido estar a la altura de tus exigencias.

miércoles, agosto 11, 2004

Es la mujer que pasó sin verte, la que no te recuerda,
esa que constantemente disfrazas, pero a quien siempre le escribes tus versos.

martes, julio 13, 2004

Recibí al fin, con aburrimiento y alegría, debo confesar, una epístola tuya firmada desde un conocido barrio de París, en la que señalas puntualmente cada una de tus venturas y tropezones que te han ocurrido no sólo desde el día en que, sollozando y en espera de una nueva vida, llegaste a tan admirada ciudad, sino también desde la vez última en que nos vimos, y en la que, para variar, afirmaste tajantemente, tuve que hacer uno más de mis tantos y tantos ridículos de embriaguez y estulticia, y cuya imagen te perseguía al día siguiente: cuando te asaltaron en el auto de alquiler, y más tarde en el aeropuerto donde tu equipaje se confundió con el de un indonés y fue a parar, junto al de otros viajeros, a una ciudad lejana y remota de Europa (sic), aseguraste en una carta impregnada no sé si de lágrimas o de algún perfume exótico de los que, refieres, te hacen recordar los jardines de la casa de tu madre.

Con una caligrafía impecable amparada bajo una uncial tan intimista, confesaste que a pesar del maltrato que te propiné, producto, insististe, de que acaso sólo suelo pensar con el falo, y que por ello mismo inventé la estúpida y absurda excusa de no poder besarte porque tus jugos me producen terribles dolores gástricos, atribuidos, desde mi mesurada y rasurada óptica, a que probablemente el pH de tu boca es en demasía ácido para mi estómago; pero no para mis axilas y costillas y el resto de mi cuerpo que goza más con un contacto furtivo, que con los públicos cariños y caricias, que a toda costa, me acusaste, quise cambiar por púbicos cariños y caricias, puesto que lo único que a mí interesa, subrayaste, es una desequilibrada lujuria, que en las mujeres se llama ninfomanía, pero que con nosotros los varones no tiene nombre alguno.

Deberé disculparme si no hago alguna mención extendida y detallada de lo que pienso sobre el repulsivo individuo con el que, me cuentas, has estado saliendo durante las últimas semanas, pero debo asimismo recordarte que pedí guardaras silencio sobre tu vida sentimental, porque ésta me duele aún tanto como tu ausencia.