domingo, mayo 01, 2005

Días atrás recibí un correo electrónico que venía firmado por la fémina que me golpeó las vísceras y los sentimientos con tubo y roca, provocándome cierto aturdimiento, mareo y hemorragia, que me duraron varios meses, años para ser exactos, y de los que no me podía reponer porque, hay que ser sinceros: a) no quería; b) me perseguía su sombra, y, c) dicho sea entre nosotros, porque ella era toda una mujer en el sentido lato de la palabra. Un día, sin más, se acabó lo suyo y lo mío y guardé las fotografías mentales y frases célebres de aquella relación en un archivo muerto, al lado de varios libros de poesía joven y otras tantas cosas que me aburren, y lo arrojé en el camión de desperdicios y basura, porque, francamente, ya no hacían falta. En fin, que en el mensaje electrónico, entre otras frases, había una de reclamo, porque en varios meses yo no me hubiera tomado la molestia de escribir unas líneas para avisar por lo menos que seguía vivo. Debo admitir que de entrada la petición se me antojó igual a la que me habías escrito también hacía un par de semanas y en donde alimentabas mi botijón ego al decir que me rockestareaba por no enviar o contestar mensajillos de ocasión.

Extraordinario.

Tú fuiste también una mujer que con tubo y caguama me golpeaste, aturdiste y dejaste fuera de mí. Desde aquel momento en que me tomaste de la mano para cruzar la calle, mientras llevabas mi brazo completo a tu hombro y tu otra mano se escurría entre mi cintura y me pedías que al llegar a la cantina en la que nos amanecimos te acompañara al baño porque no querías estar sola, y pese a que lo niegues, también porque te diste cuenta que mis brazos estaban hechos a la medida de tu cuerpo, tanto que pasamos horas y horas bailando pegaditos, desde ese momento tu boca y sonrisa que minutos atrás me habían insultado y que minutos después yo probaría preso de amor y lujuria, me sedujeron, y sin saber por qué sucumbí ante tus ojos que se cerraban y tú, llena de frío, miedo y cansancio, sólo alcanzabas a decir abrázame.

Pero no, los mensajes en nada eran iguales, ya que tú respondías al llamado que yo te había hecho y no al sobresalto de la inquieta curiosidad y la imprescindible nostalgia, aunque invariablemente llevará el mismo reclamo. Son tú y ella dos mujeres iguales, por el cariño, la entrega y la límpida lascivia que en mí provocaron (tú sobre todo con una espantosa impunidad), como extremadamente disímiles pues mientras contigo me entendía con palabras, gestos y leperadas, y gustábamos de intoxicarnos y bailar hasta que el sol saliera y yo necesariamente tuviera que dormir al lado tuyo, con ella no gustaba de bailar ni mucho menos de intoxicarme sino de comportarme de forma inefable porque aún me pregunto qué pasó durante todo ese tiempo.

Sí, he de confesarlo, te extraño pero me doy cuenta que ahora el amor es menos intenso que la nostalgia.

lunes, abril 25, 2005

Ayer tenías frío y fiel a tu costumbre pediste que te abrazara y apretujara con un fervor que sólo ya tú imaginas y recuerdas, porque, a lo que a mí respecta, al escuchar tu repetitiva invitación me dieron unas todavía reprimidas ganas de responderte que si querías entrar en calor lo único que podía hacer por ti era apedrearte; y es que, si vamos a ser sinceros, me aburres tanto o más que cualquier libro de poesía joven.

No, por favor, no quiero que me tomes a mal este comentario, pero así como me confesaste tu inexplicable intolerancia hacia mi manía de pasar días enteros encerrado sin comunicarme en lo absoluto contigo o nuestros amigos comunes —días en los que paso horas y horas vegetando y escuchando brit pop y alguna que otra ópera wagneriana, mientras entre otras cosas pienso cuál es el sentimiento que aún nos liga—, así te soy franco, y asimismo te juro que muy a pesar de que vives a la vuelta de mi casa, me da una soberana flojera, ya no digamos de ir a verte, sino de alzar el auricular y llamarte.

¿Recuerdas la noche en que caminábamos por las húmedas calles del centro de Coyoacán y tú te sujetabas de mi brazo mientras me contabas cuentos léperos al oído para avivar mi imaginación y lujuria? ¿Y recuerdas que tras el lascivo beso que te propiné para que te callaras y me dejaras pensar tranquilamente en una carta que debo escribir a una editorial regia para evitar a toda costa que publiquen un manuscrito apócrifo que les mandé, te comecé a recitar de memoria un pasaje de El jardín de la luz Pues en ese momento sí lograste encender mi mojigata pasión, pero traté de contenerte luego de aquel beso con algunos soporíferos versos que, sin saber por qué, recuerdo y cito a la menor provocación. Pero para mi sorpresa tú me pedías con los labios húmedos y tu cuerpo entregándose que siguiera, que no parara. Eras presa de un éxtasis carnal indescriptible; con ese tono de hablar ensalivado y tierno parecías quinceañera copulando a escondidas de sus padres. Pero mantuve mi cordura y lo único que lograste fue que te pidiera un taxi y te mandara a dormir y a soñar con más versos huertianos, mientras yo regresaba caminando a mi casa y pensaba otra vez en el fastidioso tema de la carta.

Si no fuera por tus lúbricos ataques, cuánta distancia ya mediaría entre nosotros.

lunes, abril 18, 2005

Desde niño las cuestiones religiosas me daban miedo. No se trataba de hablar de ese lugar común en el que un hombre semidesnudo cuelga de una cruz por unos enormes clavos, mientras cantidades de sangre escurren por sus carnes lastimadas, y uno se esconde tras la falda de la madre al ver al lacerado que dice se entrega para redimir a la humanidad de sus supuestos actos "malvados". No. Las cuestiones religiosas implicaban necesariamente ese inexplicable acto de fe, en el que el móvil, el fundamento, se centra de una forma u otra en una intención furtiva.

Recuerdo a un maricón malabarista que con ramas de pirul, huevos y una gallina negra en mano, lanzaba conjuros virulentos en los que además de restregar los pirules por todo el cuerpo de mi anciana vecina y convocar extraños y conocidos espíritus al ritmo de un cántico que lo único que lograba inspirar era una zozobra oscura, nos maldecía a un grupito de escuincles y a mí, porque aseguraba que nuestras almas formaban parte de esos seres del más allá que tenían hechizada a la nonagenaría, por nuestras "perversas" actitudes frente a la vida. Chamacos feos, yo sé que ustedes son unos cerdos y que todos los días se agarran allá abajo cuando ven las obscenas revistas de sus padres, decía el malabarista con palabras harto aburridas, mientras manoseaba el lugar donde se suponía debía tener o tuvo su sexo. La consigna inmediata entre nosotros mocosos era ese pinche maricón te estaba mirando a ti y te va a llevar a comer pirul con caldo de gallina negra, y darte besos en la boca, lo cual tratábamos de negar asegurando que no era a mí al que le clavaba esos ojos delineados por cosméticos baratos.

Entonces, como ya lo había dicho antes, no eran las friegas que el brujo afeminado le propinaba a la anciana, cuyo cuerpo en verdad no necesitaba alejar malos espíritus sino únicamente descansar para siempre; ni tampoco era el lenguaje que había adquirido el malabarista tras haber sido educado en una familia de albureros. No. Lo que nos perturbaba era la intención malsana con que lanzaba miradas llenas de odio y lujuria. Y también con la anciana, a quien las sandeces mariconas sólo le hacían pensar que tras semejantes vibras, alejaría todo mal de ojo, vudú o hechizo que pudiera tener, incluyéndonos a nosotros que gustábamos de hacerle burla por las decenas y decenas de gatos que tenía en su casa, y que probablemente serían la verdadera causa de sus enfermedades y padecimientos, ya que a la exorcisada no sólo no le daba tiempo de limpiar las heces de sus felinos sino que preparaba diariamente sus alimentos de ella y de sus animales en condiciones muy insalubres.

Y también en el lado anverso.

Mi obesa y campechana tía vivía en la calle aledaña y yo la visitaba invariablemente todos los días para llevarle algunos recadillos de mi madre, pero sobre todo para admirar una extraordinaria capilla que había levantado en el comedor de su casa y en la que había más figurillas de madera y plástico, e ilustraciones, que en la iglesia de la esquina, sin contar, claro, con una ingente cantidad de veladoras que otorgaban un aspecto siniestro antes que tranquilizante. Mi gordita pariente gustaba y disfrutaba cada una de las veces que se inclinaba frente a su colección de monos y estampas a rezarle a todos lo santos y pedirle hasta por el bien y la salud del caldo de res, las tres piezas de carne, el kilo de tortilla y el litro y medio de agua de horchata que acababa de llevarse a la boca, sin, por supuesto, sentir remordimiento alguno por su insaciable y abominable gula.

El miedo se apoderó también de mí al ver cómo se comportaba mi recta, redonda y tan bien conducida tía, pues lejos estaba yo de tomar esa cordura y compostura con la única intención de quedar bien con un dios que castigaba y me exigía de una fe ciega que mis padres no habían logrado inculcar ni yo aprender. Eran matices los que diferenciaban unas intenciones de las otras: al brujo maricón le bastaba con encender una veladora negra y hacer uso de su bien lograda violencia verbal, mientras que a la hermana de mi padre las veladoras blancas y las frases en las que incluía palabras como no-merezco, perdóname, servidora, castígame, a-tus-pies, líbrame, de-rodillas y otras más que mi memoria ha suprimido por cuestiones de salud mental, le valían que todos los días quisiera mirarla con morbo encender las decenas y decenas de veladoras y contemplar con sorpresa sus ojos en blanco que sucumbían por un Padre nuestro que le llevaba al orgasmo.

Y conste que todo fue por sus creencias religiosas y esas intenciones furtivas que lejos de tomarme de la mano y llevarme a un estado placentero, me orillan al miedo y a la angustia.

martes, abril 12, 2005

Mi vida no la vas a encontrar aquí, sino a mi lado.

domingo, abril 10, 2005

Ayer…

miércoles, abril 06, 2005

Peje el Toro es inocente.

martes, abril 05, 2005

No me condenes...

sábado, abril 02, 2005

Te escribí una carta y no me contestaste (fui a buscarte, ya cambiaste dirección), como tengo unas cosas que reclamarte, me obligaste a escribirte esta canción: deje mi casa por vivir feliz contigo, y me pagaste como algunas pagan mal: por tu culpa estoy viviendo onde ahora vivo, y a esta vida no me puedo acostumbrar: a veces lloro muy cerca de las botellas (especialmente cuando me acuerdo de ti —si amanece no se miran las estrellas... y oscurece y nunca brillan para mí): una sinfonola y dos amigas me acompañan: mi casa nueva, muy distinta a las demás, tiene un letrero de dolor en la vidriera y una cualquiera es la que ocupa tu lugar.

viernes, abril 01, 2005

Cuauhtémoc:División del Norte: 11:30

martes, marzo 29, 2005

Recibí con alegría y ánimo de adolescente tus gozosas y perturbadoras entregas que me llenaban de deseos desordenados al abrir cada una de ellas, aunque poco me durara el gusto y las ganas, ya que, e ignoro el porqué, en los sobres veía horrorizado tan sólo hojas y hojas en blanco, sin ninguna palabra, sin rastro o indicio alguno de ti: ausente estabas, y es que a pesar de estas entregas súbitas, no hay noticia sobre tu persona, nada que me hable, porque tú así lo desees, de quién eres o has sido, y yo, me doy cuenta, estoy sólo al margen.

lunes, marzo 21, 2005

Entumido por el frío y el alcohol, caminaba ya muy de madrugada por Paseo de la Reforma, pensando entretanto —y ya de forma mecánica y aburrida, porque sin dinero ya no había otra cantina o centro nocturno a donde ir— que dentro de un par de días —hoy precisamente— se cumpliría uno más de tus treintaytantos natalicios, y yo, simplemente para no perder costumbre, lo pasaría disimuladamente por alto, fingiendo no recordar en lo absoluto ni lo más mínimo sobre ti, aunque en gran parte sea verdad y no lleguen a mis recuerdos los tuyos ni por equivocación o casualidad (o con una patología que desearas que de ti hubiera adquirido) o te llamara y escribiera —tal como tú sí lo has hecho— para decir que no es cierto que viva con las escenas candentes, pero no sé por qué tengo siempre ganas de telefonearte y decirte que aquéllas fueron y son maravillosas, y que si las repites me tengas en mente, lo cual, estarás completamente de acuerdo conmigo, no haré siquiera en broma, porque, las escenas candentes, como eufemísticamente las llamas, son sólo un recuerdo: las únicas que alcanzo dibujan apenas un bosquejo que a lo sumo produce risas y pena ajena, y que más valdría no revivir por el bien de tu salud mental —que por cierto, he pensado, está en verdad más dañada y atrofiada que la mía, ya que yo no veo moros con tranchetes en donde no existen: mira que asegurar con tanta seguridad que, luego de que hurgaras en mi correspondencia pública, hay cartas que te he escrito sin avisarte, poniendo en evidencia no sé qué tantas tonteras, que nunca acabas de enumerar, o porque o finges demencia o porque tu maldito teléfono móvil (que cargas hasta en sueños) corta la comunicación— y tus relaciones con el sexo opuesto, porque, apuesto, de ti se han apartado ya las cantidades de pretendientes que, muy entusiasmados, como yo, la primera vez, terminan por emborracharse y olvidar que salieron con una oradora autolacrimógena, que a lo único que induce es a quedarse enclaustrado en la casa mirando sosas series gringas de televisión y largos y soporíferos infomerciales, preferibles antes que una de tus charlas tristísimas, que hoy estarás ya evocando mientras partes pastel y piensas si te hablaré por la noche, o quizá mañana temprano, para decirte si recuerdo esta fecha —o por lo menos la noche de hace un par de semanas, en la que, tras consumir grandes cantidades de grados licor, no hice más que besarte y otras cosas de las que la memoria, afortunadamente, no me deja hablar—, o si nos volveremos a encontrar en unos días para darnos cuenta de lo bien que nos complementamos (sic).

lunes, marzo 14, 2005

Te fuiste y no pude despedirme de ti.

lunes, febrero 28, 2005

Yo no quiero llegar,
yo quiero ir.

domingo, febrero 20, 2005

Caminábamos torpemente de una a otra orilla de la banqueta sobre San Juan de Letrán, pensando y confesando entre tanto que para ser más de media noche, y después de ya varias cantinas, yo algunos tequilas y tú otros tantos vodkas, el único lugar que nos faltaba aún por visitar, el que cantidades de veces imaginaste tomar por asalto y yo que de igual forma evité conocieras, era mi oscura alcoba, que ahora, tras haber echado a mis huéspedes, se convirtió en el sitio perfecto para reiniciar nuestros encuentros cercanos que por azares del destino debimos clausurar al grado de que no volviste a dirigirme la palabra, mientras yo todos los días me olvidaba de ti, al lado de una fascinante mujer que remató mi corazón como carne de segunda en un negocio de hamburguesas, porque, aseguró, a mí ya no me hacía falta y era éste el mejor uso que podría darle, comentario al que te sumaste, al atravesar Isabel La Católica, con una mirada que hizo aparecer un recuerdo, un beso y un dedo, que terminaron con la tristeza del sábado negro, el de ayer, que había vivido.

viernes, febrero 18, 2005

El poeta regañado por la musa
De Héctor Carreto

"Ante sus cabellos, el viento
fue incapaz de enredarse.
Intactos, sus labios permanecen.
Sólo la luz —camafeo— fijó el recuerdo",
fueron los versos que escribí pensando en Ella.

Después de leerlos, la Musa marcó mi número:
"¿Por qué me describes con palabras de epitafio?
Según mi espejo de mano, no estoy muerta ni soy estatua.

Tampoco quieras que me asemeje a tu madre.
¿Estás enfermo, o qué sinrazones
te obligaron a cambiar de poética?
¿Acaso aseguras un túmulo en la Rotonda de los Ilustres,
en el Colegio Nacional, o paladeas dieta vitalicia?

Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.

Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo
mi talento en el baile, mi afición por el vino.
Presume al lector de mis piernas en la loca bicicleta
de los encuentros sudorosos cuyos frutos son tus epigramas.

Tampoco ocultes que tenemos diferencias.
Entre la musa que riñe contigo y la que duerme en un lienzo,
no dudes: confía en el instinto."

martes, febrero 15, 2005

Ya olvídate de eso, nunca vas a volver.

jueves, febrero 10, 2005

Sabes que a pesar de las veces en que he estado loco de alcohol no lo he necesitado para confesarte el fervor y calentura que te profeso, pero que a su vez éste mismo me ha permitido decir verdades de las que siempre dudas, y que al paso del tiempo te has dado cuenta de que son tangibles, tanto como las tantas y tantas mentiras que me has dicho y en las que en un principio he creído, pero que al paso de los días tú te has dedicado lastimosamente a la tarea de desmentir por lo mala actriz que has resultado y por lo que de otros que, en un principio me he negado a creer, pese a las evidencias, han sido la muestra fehaciente de que siempre he sido tu marioneta a la que has tratado a vil capricho y gusto, muy a pesar de mis caras de tristeza y enfado en las que no crees ni te interesan, pero que para mí son síntomas del dolor que por ti he logrado convertir en costumbre que todos los días me persigue, tanto como la culpa de la no lograda confesión que quise hacerte al hablar del día en que estuviste entregada a mí, completamente entregada, y yo sólo pude inventar una vil mentira de la que luego me arrepentí, y que tú deplorablemente desdeñaste, pero que, si te hubieras enterado, sabrías que mucho de lo que aquí dejo huella es ficción (no como tú), y que contigo he culminado mi vida errante (de la que veo por tus actitudes habré de retomar en un futuro no muy lejano) para dar paso a la incertidumbre y zozobra llena de besos y caricias, que hoy habré de olvidar porque, como lo anticipaste, esto está condenando al fracaso.

sábado, enero 29, 2005

Anoche llegué reventando en grados de licor y sin más me arrojé como un perro en mi alcoba.
Lloré y no sé por qué estoy triste.

jueves, enero 20, 2005

Te besé anoche con la boca llena de alcohol aguardientoso para que supieras que no te arderían los labios y el paladar de la misma forma en que se te incendió al mentir y decir que no lees ni por error estas líneas que aquí dejo, y que tal vez en su mayoría sean falsas, pero que no se comparan en nada con las tantas y tantas que ya me habrás dicho, pensando que, sí, soy tu burla, tu carcajada.

miércoles, enero 19, 2005

El que ríe al último...
es un pobre rencoroso.

domingo, enero 16, 2005

Toda mi casi inextinguible verborrea que poseo y que me ha valido no sólo los cumplidos de desquiciado mental sino también los comentarios de mujeres hermosas muy bien halagadas (como el jueves pasado en que, mientras charlaba acaloradamente con editor en un café ubicado en pleno corazón de Coyoacán, puse a rodar toda mi maquinaria y me armé de valor para acercarme a Cecilia Suárez y decirle hola, soy Nicoménicus y he visto todas tus películas, a lo que ella sonrió y musitó sensualmente un mucho gusto, yo he leído varias veces tu página y creo que eres un tipo encantador —o por lo menos creo yo fue lo que pensó al mirarme en silencio—, y que tras escucharme un par de minutos me dio un teléfono al que sugirió le llamara) desapareció por completo al verte el día de ayer, pues lo único que se me ocurrió balcucear, en medio de bien logrados titubeos y tartamudeos, es que mi madre, a quien conociste hace casi medio año, no ha dejado de preguntarme por ti e inquirir en cuándo irás a casa para conocerte un poco más, porque, hijo, entiende que ella es una chica que además de bella vale la pena, ya que te alejaría de esa vida tan irregular, desordenada y errante que llevas, la cual, supongo, ignoras, puesto que son ya varios los años en que apenas si te he visto y hemos cruzado un par de palabras, y es que, si te soy sincero, mi estulticia y torpeza se vuelven lúcidas y dan lo mejor de sí, coadyuvando a comportarme como verdadero imbécil, y que seguramente es lo que sigues pensando de mí, a la vez que yo me doy cuenta de que nada ha cambiado entre nosotros, pues sigo siendo el mismo imberbe al que le tiemblan las rodillas al mirarte los ojos, i . . a.

sábado, enero 15, 2005

Reply:

Cría cuerdos
y te sacarán
vaciarán
picarán
robarán
violarán
escupirán
secarán
domesticarán los ojos

lunes, enero 03, 2005

Cría cuervos...
...y, sí, te sacarán los ojos.

domingo, enero 02, 2005

Ya conociste al indio bueno, ora vas a conocer al indio malo, fue la misma frase que aquel personaje hollywoodense galardonado con un Oso de Berlín le profiriera a la protagonista blanca cuando ésta le echó en cara su último comportamiento hacia ella, y que con una espumosa rabia mascullé entre dientes, sólo para mí, al escucharte decir que tú y yo nada hicimos la noche del cambio de un año a otro, porque esa tarde apenas si fueron un par de minutos los que nuestras miradas utilizaron para saludarse y enviarse acaso un inesperado, extraño e inexplicable guiño con tintes de flirteo, que, aseguras, confundí gracias a mi bien logrado estado de ebriedad y alcohol barato, y que quizá éste se debió a una ebriedad malsana, loca y desenfrenada hacia ti, ya que los únicos turbados etílicamente fueron un par de púberes, a quienes les doblábamos la edad, que ingerían nuestras sendas copas mientras tú y yo hacíamos lo propio y lo previo para conocernos de forma bíblica, porque, acuérdate, que bailamos y nos comportamos como si fuera el último día de nuestras vidas, pese a que hubiera un mañana —que hoy ya es ayer— en el que —¿para qué negarlo si medio mundo se enteró?— despertamos casi a mediodía, el uno sobre la otra, más o menos así, y tú, ya más tarde, confesaste tu sorpresa y admiración ante tus amigas y conocidas sobre lo que había ocurrido, arguyendo que todo había sido producto de la confusión y "la ebriedad" que me había hecho alucinar e inventar una historia que empezó, luego de varios tragos de aguardiente y tequila, y continuó, cuando comenzaba el año nuevo, justo en el momento que me tomaste eufórica para besarme y decirme, susurrando, que no me aprovechara de ti, mientras yo, mudo y preso de lujuria, seguía como siempre sólo tus proposiciones de facto y no las verbales: no podrás negar que contigo he sido únicamente dócil y un verdadero asno... pero ya no: guárdate de mi desprecio.

martes, diciembre 21, 2004

Fulgor de mostaza.

domingo, noviembre 28, 2004

Jamás nadie verá un dolor como el suyo, ni angustia parecida ni tanta soledad...

martes, noviembre 23, 2004

Deberé pedirte te persuadas de pensar que más allá de haberme perdido en ti estos últimos días, y dicho sea entre nosotros con verdadera y franca sinceridad, por flaquear en los deliquios de las delicias del amor, es más bien porque como la mujer que eres, en toda la extensión de la palabra, sin pasar por alto, claro, tus labios y carnes que torpemente, y mal, he conocido, he encontrado en ti a alguien que con salvaje concupiscencia interesa a mi corazón, y que en cada una de tus palabras, con las que, ya ves, he querido aprender a conjugar el futuro perfecto, y cada una de tus maneras, iras y carcajadas, no hallo más que motivos para desearte, olvidarme de mis sueños y entregarme a delirar e imaginar que despertaras al lado mío para morderme una oreja o regañarme por lo bruto que soy, he sido y me he comportado por el apetito inmoderado de cogerte de la mano, y el cuello, salir huyendo y escucharte, quizá y es mi deseo, decir que quieres y anhelas tomarme del pelo y estrecharme con voracidad, o, por lo menos, que ya has aprendido a amarme, si no con locura, sí con una mesura que me es extraña y ajena, porque sabes lo mucho que te estoy necesitando.

lunes, noviembre 08, 2004

De furia loca fue la sorpresa que desorbitó a tus ojos tras enterarte que después de todo sí habías aparecido en un publicación para caballeros: no con un texto de los que tanto presumes y que además te han valido el respeto de un puñado de escritores que acostumbran aplaudir como foca tu trabajo intelectual: eras simple y llanamente tal y como no te imaginaste: tú y sólo tú que además de dedicarte a los pilates acostumbras alcoholizarte sin medida: vodka tras vodka: borrachera tras desmemoria idéntica a la que te invadió esa noche en que un tipo sacó su tarjeta de presentación en cuya esquina izquierda había una cabeza de conejo y que tras una breve charla te invitó a lo que ahora ya sabes y yo debo sin remedio aceptar: tu aparición y la de mi rabia que vuelve cada vez que recuerdo esto y que me hace tirar de mis cabellos al pensar en que miles de mequetrefes sin nada mejor que hacer te encontrarán entre modelos canadienses y entrevistas a celebridades que pasan desapercibidas por mis amistades quienes al consultar tal publicación suelen sólo telefonearme para preguntarme con franca desconfianza pero en espera de una morbosa afirmación si en verdad eres tú la que aparece ahí: sí es mi respuesta y niego saber cómo es que te lograste colar a tal mundillo de imágenes e impresiones a sabiendas de que debieras estar más bien en uno de esos comics gringos de personajes decadentes en los que yo sería tu patiño y atolondrado enamorado y tú a la vez una mujer delineada por los ojos de un lujurioso que conoce a profundidad tus pliegues y que con un degenerado talento sabría dibujarte en una estampa que ni yo mismo podría describir: tú hablando y escupiendo injurias y calumnias como frenética y desquiciada entre lágrimas y balbuceos sobre lo mal que te tratamos la vida y yo en especial: cuando acudes a esta recurrente escena y yo no hallo otra cosa que el monótono mutis que suelo representar por mi parte mientras pienso en cosas importantes como escribir una novela que espero sea un hitazo y que comience de forma memorable: en un lugar de Naucalpan de cuyo nombre no puedo acordarme ni mucho menos saber qué sería lo siguiente: tienes siempre la osadía de interrumpirme mis libérrimas y originales interesantes ideas para besarme y repetir ensalivadamente frases que arrojo ipso facto entre el olvido y el no me acuerdo porque lo que enseguida hago es acariciarte lúbricamente y decirte que sí tienes toda la razón en lo que sea y más en la canallada que te jugaron al incluirte en esa publicación que muy a pesar de la incredulidad de quienes la han visto te muestra y compara frente a mujeres llenas de bolas tal y como te he querido ver: callada.

viernes, noviembre 05, 2004

...
"No sé cuándo nos volveremos a ver. Hoy te dejó aquí, lejos de todo y de todas, no porque así lo hayas decidido, sino porque las circunstancias despiadadas te obligaron a ello. Quise estar a tu lado para avivar una pequeña flama de esperanza, para encenderla diciendo que este amor es más grande que esta brutal prueba que nos han impueso. El otro día mientras cenábamos fuiste muy claro. Puros cojines buenos de mi lado, de lo que tú has significado en mi vida, de lo que me has traído. De tu lado, sólo cojines malos. Lo sé, por eso no puedo perdonarme mi egoísmo, mis deseos de salvarme sin saber que te estaba condenando... por eso no te culpo de tu indiferencia, de tu desamor, de tus gritos, de tu rencor y resentimiento. Soy capaz de incarme, de arrodillarme, de firmar mi carta de rendición para que no te toquen. Tal vez llegó el momento de tocar una puerta. O tal vez ya es demasiado tarde. Sé que a partir de ahora se irán las noches y casi no dormiremos, que los segundos serán muy lentos, que seguramente querré prender fuego a nuestra cama ante el dolor de tu ausencia, porque me estaré secando por dentro y por fuera, porque no tendré tus besos ni tus caricias ni tu mirada."

sábado, octubre 09, 2004

He de atreverme a arrojarte sin miramientos mi arenga reiterativa sobre la desmesura con la que te he buscado y te busco, porque son ya incontables las ocasiones en que, teniéndote a mi lado, me he contenido para acercarme, tomarte de la cintura y morderte nuevamente, y quizá ya hasta sangrarte, esos labios cuyo insultantemente dulce sabor es también agrio las veces en que dices no, no y no, sin saber, por supuesto, que en cada negación se apodera de mí un frío aterrador que provoca que la sangre refluya de mi corazón, como hace apenas unos días, en los que, mientras te miraba, setenta veces me reprendí y prohibí el buscar tus brazos, porque lo más juicioso es olvidar esas tardes húmedas en que hacíamos "cochinadas", aseguraste, y en las que yo, preso y enfermo todavía de esas suciedades, al llegar a mi alcoba, caía de rodillas completamente loco, entregado a mis pensamientos que giraban sólo en torno tuyo tratando acaso de olvidar que no sólo eres una mujer hermosa y blanca, sino también lo que en mi vida está faltando, pese a que afirmes que de eso ya nada existe, ya que ignoras y desconoces las noches en que temblando de tristeza me he dormido o amanecido con la única idea de que cada vez estás más lejos de mí y yo de recobrar la sensatez y cordura.