lunes, mayo 30, 2005
domingo, mayo 29, 2005
Con cierto temor a mi reacción y con un húmedo y caliente halo que se condensaba en mi oído, me confesaste ser partidaria de aquella sentencia que obliga a tratar siempre a una mujer con el mismo respeto que le prodiga un plebeyo a su generosa y justa soberana, pero que a la hora del ayuntamiento debe uno dedicarle los mismos maltratos y oprobios que le merecen la más popular e intimada de las cortesanas, porque, al fin y al cabo, concluías, es lo mínimo que puede hacer un hombre por la suya. Yo, desde el momento en que salimos de aquella sala de cine, había evadido cada una de las tantas tonteras que tanto te gusta discutir hasta que la garganta se te desangra y vomitas no sólo cuágulos, sino también más improperios en contra de quien se deje, y pensaba entre tanto qué le diría a la ex mujer de Krauze que inexplicablemente consiguió mi número telefónico personal y me pidió que uno de estos días tomáramos un café y charláramos de temas más bien personales, ya que su comportamiento me pareció poco ordinadirio la última vez que nos vimos en un evento social al que asistí por casualidad y en donde ella me llevaba de la mano de un lado a otro presentándome con hartos fulanos y fulanas. Pero no tuve oportunidad de terminar con mis perogrulladas ni de seguir ignorándote porque tu contundente afirmación me orilló a pensar que te referías a que probablemente querías probarte como contorsionista o acróbata a la hora de intercambiar fluidos, y se me ocurrió que tal vez me estabas proponiendo materializar y consumar lo que dejamos inconcluso por culpa de tus necias ideas acerca de que no me importas ni me interesas en lo más mínimo.
Los ojos me brillaron y me volví con una sonrisa para mirarte detenidamente y comprobar que hablabas con plena seriedad. Y no supe ya entonces si había sido una broma de pésimo gusto o si, como aclaraste enseguida, estabas convencida de que debías conducirte como meretriz no para volver tu vida sexual un canto épico lleno de gloriosas batallas, sino más bien para que al momento de que te sumaras con otro alzaras la mano y pidieras que la cuenta se depositara ahí. Y te aclaro que no logré dilucidar tus aseveraciones puesto que mientras terminabas con aquel enunciado, ya me habías tomado del cuello y mordías el lóbulo de mi oreja, para luego alejarte corriendo y cambiar de tema inquiriéndome por la respuesta que me había dado la editorial regia por el libro apócrifo que les había enviado meses atrás.
He pensado en ti todos estos días y no sé si es ya hora de pagar todos mis desprecios.
Los ojos me brillaron y me volví con una sonrisa para mirarte detenidamente y comprobar que hablabas con plena seriedad. Y no supe ya entonces si había sido una broma de pésimo gusto o si, como aclaraste enseguida, estabas convencida de que debías conducirte como meretriz no para volver tu vida sexual un canto épico lleno de gloriosas batallas, sino más bien para que al momento de que te sumaras con otro alzaras la mano y pidieras que la cuenta se depositara ahí. Y te aclaro que no logré dilucidar tus aseveraciones puesto que mientras terminabas con aquel enunciado, ya me habías tomado del cuello y mordías el lóbulo de mi oreja, para luego alejarte corriendo y cambiar de tema inquiriéndome por la respuesta que me había dado la editorial regia por el libro apócrifo que les había enviado meses atrás.
He pensado en ti todos estos días y no sé si es ya hora de pagar todos mis desprecios.
viernes, mayo 27, 2005
jueves, mayo 26, 2005
domingo, mayo 22, 2005
viernes, mayo 20, 2005
¿Quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿cómo llegué aquí? son preguntas no de índole existencial sino más bien las que me formulé, de pronto, cuando me encontraba frente al televisor mirando los aburridos noticieros de la mañana, en plena resaca, y caía en cuenta de no recordar en lo absoluto la noche anterior ni cómo había ido a parar a la sala de mi casa, recostado en el viejo sillón, mientras sostenía una taza con cereal que yacía en mi estómago y que religiosa y ñoñamente desayuno todos los días. Tenía la mente en blanco, pero un pensamiento aterrador me sobrevino e imaginé que lo más probable fuera que luego de que nos echaran de aquella lúgubre cantina en la que tomábamos como cosacos o colonos de azotea de la Del Valle, nos hubiéramos dirigido sin mediar idea alguna a ese lugar al que tantas veces me insististe te invitara, pero que a mí me parecía un exceso: y es que llevarte hasta mi hogar sería mi completa perdición y la cúspide de tu mácula invasión a mi vida, y no lo digo porque de alguna manera quisiera yo apartarte y alejarme de nuestros viscosos encuentros, pero debido ya a la ingente cantidad de veces en que me has puesto una argolla en la nariz para arriarme como buey en la vereda de tus caprichos, se me ocurrió que el verte ahora brincando triunfadora entre gritos y exhalaciones precipitadas sobre mi cama significaría irreparablemente que habrías tomado el último rincón de mi intimidad y con ello el control absoluto de mi vida, a lo que, tú sabes, me niego rotundamente.
Y entonces, tras darme cuenta que, y no lo digo por ti, aún me gusta malgastar mi tiempo escuchando mensadas, me levanté trastabillando para correr a mi alcoba y corroborar que de ninguna manera mis ganas voluptuosas y las tuyas se habían consumado, dejando como saldo único, en mi cama, tu cuerpo inerte, lleno de sueños, al lado del aroma de tus secreciones y quizá también de mis lágrimas y mis confesiones de este idilio tormentoso. Pero afortunadamente nada hallé en las sábanas, donde sólo se encontraba revuelta mi colección de revistas obscenas con las que tanto me divierto y con las que inexplicamblemente me acuerdo de ti; aunque de anoche no recuerde en lo absoluto por más esfuerzos que haga. Tú, en cambio, me telefoneaste por la tarde para decirme que acababas de despertar, y que la noche de anoche jamás (y remarcaste el jamás) la olvidarías porque "nuestro" amor era verdadero.
Y entonces, tras darme cuenta que, y no lo digo por ti, aún me gusta malgastar mi tiempo escuchando mensadas, me levanté trastabillando para correr a mi alcoba y corroborar que de ninguna manera mis ganas voluptuosas y las tuyas se habían consumado, dejando como saldo único, en mi cama, tu cuerpo inerte, lleno de sueños, al lado del aroma de tus secreciones y quizá también de mis lágrimas y mis confesiones de este idilio tormentoso. Pero afortunadamente nada hallé en las sábanas, donde sólo se encontraba revuelta mi colección de revistas obscenas con las que tanto me divierto y con las que inexplicamblemente me acuerdo de ti; aunque de anoche no recuerde en lo absoluto por más esfuerzos que haga. Tú, en cambio, me telefoneaste por la tarde para decirme que acababas de despertar, y que la noche de anoche jamás (y remarcaste el jamás) la olvidarías porque "nuestro" amor era verdadero.
lunes, mayo 16, 2005
domingo, mayo 15, 2005
Qué grande fue mi tristeza cuando aseguraste que eso de fumar y beber eran sólo el principio de una vida que seguramente desembocaría en errar de aquí para allá como alcohólico teporocho, porque, valga repetir las palabras fatales que tu madre me embarró mientras su mirada llena de indignación y enfado me barría de pies a cabeza, a la vez que pensaba con angustia y una lágrima en el ojo que si al tener su hija amistades como yo era porque probablemente había fallado como progenitora, pero me confesó que no bebías ni gota de rompope porque tú sostienes que, tras la resaca, lo trágico no son los malestares físicos ni morales, sino las decenas de neuronas que mueren y cuyos cadáveres quedan en tu conciencia debido a la exagerada ñoñez y puritanismo que practicas, y de los que por poco me contagias cuando me insitaste a correr a tu lado todas las mañanas en los Viveros de Coyoacán. Yo, desde luego, me negué rotundamente, puesto que no iba a desaparecer, sólo por tus desconsiderados caprichos, un excedente en lípidos que tan bonachón y simpático me hacen ver y que tanta cebada fermentada y comida nada nutriente pero muy sabrosa me ha costado.
Aunque si te soy franco, debo aclarar que por un momento mi imaginación me sorprendió con una escena que jamás creí posible: tú vivías a mí lado y por supuesto yo había seguido tus múltiples y soporíferos consejos para llevar una vida de pereza y bienestar con el fin de alcanzar una longevidad horrorosa al lado de cuantiosos chamacos, hijos solamente del pecado llamado lujuria que supongo sería el único exceso al que me darías acceso. Pero los anhelos de mi vida pronto me abofetearon señalándome lo ridículo y espantoso de esta pesadilla, y, sin más, me regresaron los pies a la tierra: amo y gozo todo lo que engorda, hace daño o está prohibido; tú, en cambio, quisieras desproveer de colesterol todas las yemas de huevo y hacer de lo correctamente político un verdadero lodazal, en el que quizá debiera luchar contigo encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, no sé si para darle un poco de sentido a mi fragmentaria e incorregiblemente aburrida vida sentimental, o si sólo porque eres la única mujer que me ha propuesto semejantes atrocidades con el objeto de hacerme experimentar lo que ninguna otra.
Aunque si te soy franco, debo aclarar que por un momento mi imaginación me sorprendió con una escena que jamás creí posible: tú vivías a mí lado y por supuesto yo había seguido tus múltiples y soporíferos consejos para llevar una vida de pereza y bienestar con el fin de alcanzar una longevidad horrorosa al lado de cuantiosos chamacos, hijos solamente del pecado llamado lujuria que supongo sería el único exceso al que me darías acceso. Pero los anhelos de mi vida pronto me abofetearon señalándome lo ridículo y espantoso de esta pesadilla, y, sin más, me regresaron los pies a la tierra: amo y gozo todo lo que engorda, hace daño o está prohibido; tú, en cambio, quisieras desproveer de colesterol todas las yemas de huevo y hacer de lo correctamente político un verdadero lodazal, en el que quizá debiera luchar contigo encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, no sé si para darle un poco de sentido a mi fragmentaria e incorregiblemente aburrida vida sentimental, o si sólo porque eres la única mujer que me ha propuesto semejantes atrocidades con el objeto de hacerme experimentar lo que ninguna otra.
domingo, mayo 08, 2005
Luego de todos estos días en los que no habíamos cruzado palabra alguna, hablaste iracunda por teléfono para, con toda la fiereza que tus molares y colmillos te permiten, aventarme en cara que te habías enterado que el domingo anterior me vieron caminando por la Avenida de los Insurgentes al lado de una mujer de ombliguera que no paraba de reír ante la sarta de incoherencias que se me ocurrían, así como por las viscosas cosquillas que mi inquieta lengua le provocaba en su agridulce cuello de cisne. Cállate, pendejo, me tienes harta, eres un pitofácil, aseveraste haciendo gala de la finísima educación que siempre te caracterizó y con la que te diste a conocer en esas cantinas apestosas de las que me telefoneabas para que fuera a por ti y pagara la cuenta, porque, sobra decirlo, pero en esos momentos te volvía a renacer inexplicablemente una desbordada pasión por mí.
Pensé que tu llamada tenía como fin último saber qué ha sido de mí durante estas largas semanas, o para plantearme una solución para sacar el televisor de tu padre de la casa de empeño o, por lo menos, para ayudarte con la mudanza, otra vez, del cuchitril que rentas en Xochimilco a la casa de tu hermana la menor; pero no, parece ser que lo único que te mueve son tus arranques malévolos por molestarme y el malsano objeto de poner fin a mi vida con las demás mujeres. Desde hace años que te conozco, y no has hecho más que ponerme piedritas en el camino y utilizarme como imbécil y salida a tus tantos y absurdos problemas y mentiras en las que ya no caigo porque me sé al pie de la letra cada una de tus artimañas: cuando te comenté que sin saber por qué fui a parar al último rincón de este país y caí rendido a los pies de una mala poeta etílica, utilizaste una más de tus mentiras y argüiste que estabas encinta y que indudablemente la autoría pesaba sobre mis hombros, pese a que tú misma no creiste una sola de tus palabras porque sabías que la única vez que amanecí a tu lado fue cuando enfermaste de varicela y tu madre me pidió que viera por ti mientras ella regresaba de Boca del Río.
Y aunque no has dejado de llamarme onanista amateur, en activo las veinticuatro horas del día y de la noche, no había levantado el silencio porque me tenía sin el menor cuidado lo que pensaras de mí y de mi rutinaria y monótona vida, en la que habías desaparecido hasta el día de ayer en el que tuve que soportar la saliva que escurría del teléfono por tantas y semejantes majaderías e insultos. No, querida, no más, puedes ya buscarte otro más imbécil que yo para tu puerquito porque no estoy dispuesto a soportar uno más de tus somnolientos arrebatos.
Pensé que tu llamada tenía como fin último saber qué ha sido de mí durante estas largas semanas, o para plantearme una solución para sacar el televisor de tu padre de la casa de empeño o, por lo menos, para ayudarte con la mudanza, otra vez, del cuchitril que rentas en Xochimilco a la casa de tu hermana la menor; pero no, parece ser que lo único que te mueve son tus arranques malévolos por molestarme y el malsano objeto de poner fin a mi vida con las demás mujeres. Desde hace años que te conozco, y no has hecho más que ponerme piedritas en el camino y utilizarme como imbécil y salida a tus tantos y absurdos problemas y mentiras en las que ya no caigo porque me sé al pie de la letra cada una de tus artimañas: cuando te comenté que sin saber por qué fui a parar al último rincón de este país y caí rendido a los pies de una mala poeta etílica, utilizaste una más de tus mentiras y argüiste que estabas encinta y que indudablemente la autoría pesaba sobre mis hombros, pese a que tú misma no creiste una sola de tus palabras porque sabías que la única vez que amanecí a tu lado fue cuando enfermaste de varicela y tu madre me pidió que viera por ti mientras ella regresaba de Boca del Río.
Y aunque no has dejado de llamarme onanista amateur, en activo las veinticuatro horas del día y de la noche, no había levantado el silencio porque me tenía sin el menor cuidado lo que pensaras de mí y de mi rutinaria y monótona vida, en la que habías desaparecido hasta el día de ayer en el que tuve que soportar la saliva que escurría del teléfono por tantas y semejantes majaderías e insultos. No, querida, no más, puedes ya buscarte otro más imbécil que yo para tu puerquito porque no estoy dispuesto a soportar uno más de tus somnolientos arrebatos.
jueves, mayo 05, 2005
lunes, mayo 02, 2005
domingo, mayo 01, 2005
Días atrás recibí un correo electrónico que venía firmado por la fémina que me golpeó las vísceras y los sentimientos con tubo y roca, provocándome cierto aturdimiento, mareo y hemorragia, que me duraron varios meses, años para ser exactos, y de los que no me podía reponer porque, hay que ser sinceros: a) no quería; b) me perseguía su sombra, y, c) dicho sea entre nosotros, porque ella era toda una mujer en el sentido lato de la palabra. Un día, sin más, se acabó lo suyo y lo mío y guardé las fotografías mentales y frases célebres de aquella relación en un archivo muerto, al lado de varios libros de poesía joven y otras tantas cosas que me aburren, y lo arrojé en el camión de desperdicios y basura, porque, francamente, ya no hacían falta. En fin, que en el mensaje electrónico, entre otras frases, había una de reclamo, porque en varios meses yo no me hubiera tomado la molestia de escribir unas líneas para avisar por lo menos que seguía vivo. Debo admitir que de entrada la petición se me antojó igual a la que me habías escrito también hacía un par de semanas y en donde alimentabas mi botijón ego al decir que me rockestareaba por no enviar o contestar mensajillos de ocasión.
Extraordinario.
Tú fuiste también una mujer que con tubo y caguama me golpeaste, aturdiste y dejaste fuera de mí. Desde aquel momento en que me tomaste de la mano para cruzar la calle, mientras llevabas mi brazo completo a tu hombro y tu otra mano se escurría entre mi cintura y me pedías que al llegar a la cantina en la que nos amanecimos te acompañara al baño porque no querías estar sola, y pese a que lo niegues, también porque te diste cuenta que mis brazos estaban hechos a la medida de tu cuerpo, tanto que pasamos horas y horas bailando pegaditos, desde ese momento tu boca y sonrisa que minutos atrás me habían insultado y que minutos después yo probaría preso de amor y lujuria, me sedujeron, y sin saber por qué sucumbí ante tus ojos que se cerraban y tú, llena de frío, miedo y cansancio, sólo alcanzabas a decir abrázame.
Pero no, los mensajes en nada eran iguales, ya que tú respondías al llamado que yo te había hecho y no al sobresalto de la inquieta curiosidad y la imprescindible nostalgia, aunque invariablemente llevará el mismo reclamo. Son tú y ella dos mujeres iguales, por el cariño, la entrega y la límpida lascivia que en mí provocaron (tú sobre todo con una espantosa impunidad), como extremadamente disímiles pues mientras contigo me entendía con palabras, gestos y leperadas, y gustábamos de intoxicarnos y bailar hasta que el sol saliera y yo necesariamente tuviera que dormir al lado tuyo, con ella no gustaba de bailar ni mucho menos de intoxicarme sino de comportarme de forma inefable porque aún me pregunto qué pasó durante todo ese tiempo.
Sí, he de confesarlo, te extraño pero me doy cuenta que ahora el amor es menos intenso que la nostalgia.
Extraordinario.
Tú fuiste también una mujer que con tubo y caguama me golpeaste, aturdiste y dejaste fuera de mí. Desde aquel momento en que me tomaste de la mano para cruzar la calle, mientras llevabas mi brazo completo a tu hombro y tu otra mano se escurría entre mi cintura y me pedías que al llegar a la cantina en la que nos amanecimos te acompañara al baño porque no querías estar sola, y pese a que lo niegues, también porque te diste cuenta que mis brazos estaban hechos a la medida de tu cuerpo, tanto que pasamos horas y horas bailando pegaditos, desde ese momento tu boca y sonrisa que minutos atrás me habían insultado y que minutos después yo probaría preso de amor y lujuria, me sedujeron, y sin saber por qué sucumbí ante tus ojos que se cerraban y tú, llena de frío, miedo y cansancio, sólo alcanzabas a decir abrázame.
Pero no, los mensajes en nada eran iguales, ya que tú respondías al llamado que yo te había hecho y no al sobresalto de la inquieta curiosidad y la imprescindible nostalgia, aunque invariablemente llevará el mismo reclamo. Son tú y ella dos mujeres iguales, por el cariño, la entrega y la límpida lascivia que en mí provocaron (tú sobre todo con una espantosa impunidad), como extremadamente disímiles pues mientras contigo me entendía con palabras, gestos y leperadas, y gustábamos de intoxicarnos y bailar hasta que el sol saliera y yo necesariamente tuviera que dormir al lado tuyo, con ella no gustaba de bailar ni mucho menos de intoxicarme sino de comportarme de forma inefable porque aún me pregunto qué pasó durante todo ese tiempo.
Sí, he de confesarlo, te extraño pero me doy cuenta que ahora el amor es menos intenso que la nostalgia.
lunes, abril 25, 2005
Ayer tenías frío y fiel a tu costumbre pediste que te abrazara y apretujara con un fervor que sólo ya tú imaginas y recuerdas, porque, a lo que a mí respecta, al escuchar tu repetitiva invitación me dieron unas todavía reprimidas ganas de responderte que si querías entrar en calor lo único que podía hacer por ti era apedrearte; y es que, si vamos a ser sinceros, me aburres tanto o más que cualquier libro de poesía joven.
No, por favor, no quiero que me tomes a mal este comentario, pero así como me confesaste tu inexplicable intolerancia hacia mi manía de pasar días enteros encerrado sin comunicarme en lo absoluto contigo o nuestros amigos comunes —días en los que paso horas y horas vegetando y escuchando brit pop y alguna que otra ópera wagneriana, mientras entre otras cosas pienso cuál es el sentimiento que aún nos liga—, así te soy franco, y asimismo te juro que muy a pesar de que vives a la vuelta de mi casa, me da una soberana flojera, ya no digamos de ir a verte, sino de alzar el auricular y llamarte.
¿Recuerdas la noche en que caminábamos por las húmedas calles del centro de Coyoacán y tú te sujetabas de mi brazo mientras me contabas cuentos léperos al oído para avivar mi imaginación y lujuria? ¿Y recuerdas que tras el lascivo beso que te propiné para que te callaras y me dejaras pensar tranquilamente en una carta que debo escribir a una editorial regia para evitar a toda costa que publiquen un manuscrito apócrifo que les mandé, te comecé a recitar de memoria un pasaje de El jardín de la luz Pues en ese momento sí lograste encender mi mojigata pasión, pero traté de contenerte luego de aquel beso con algunos soporíferos versos que, sin saber por qué, recuerdo y cito a la menor provocación. Pero para mi sorpresa tú me pedías con los labios húmedos y tu cuerpo entregándose que siguiera, que no parara. Eras presa de un éxtasis carnal indescriptible; con ese tono de hablar ensalivado y tierno parecías quinceañera copulando a escondidas de sus padres. Pero mantuve mi cordura y lo único que lograste fue que te pidiera un taxi y te mandara a dormir y a soñar con más versos huertianos, mientras yo regresaba caminando a mi casa y pensaba otra vez en el fastidioso tema de la carta.
Si no fuera por tus lúbricos ataques, cuánta distancia ya mediaría entre nosotros.
No, por favor, no quiero que me tomes a mal este comentario, pero así como me confesaste tu inexplicable intolerancia hacia mi manía de pasar días enteros encerrado sin comunicarme en lo absoluto contigo o nuestros amigos comunes —días en los que paso horas y horas vegetando y escuchando brit pop y alguna que otra ópera wagneriana, mientras entre otras cosas pienso cuál es el sentimiento que aún nos liga—, así te soy franco, y asimismo te juro que muy a pesar de que vives a la vuelta de mi casa, me da una soberana flojera, ya no digamos de ir a verte, sino de alzar el auricular y llamarte.
¿Recuerdas la noche en que caminábamos por las húmedas calles del centro de Coyoacán y tú te sujetabas de mi brazo mientras me contabas cuentos léperos al oído para avivar mi imaginación y lujuria? ¿Y recuerdas que tras el lascivo beso que te propiné para que te callaras y me dejaras pensar tranquilamente en una carta que debo escribir a una editorial regia para evitar a toda costa que publiquen un manuscrito apócrifo que les mandé, te comecé a recitar de memoria un pasaje de El jardín de la luz Pues en ese momento sí lograste encender mi mojigata pasión, pero traté de contenerte luego de aquel beso con algunos soporíferos versos que, sin saber por qué, recuerdo y cito a la menor provocación. Pero para mi sorpresa tú me pedías con los labios húmedos y tu cuerpo entregándose que siguiera, que no parara. Eras presa de un éxtasis carnal indescriptible; con ese tono de hablar ensalivado y tierno parecías quinceañera copulando a escondidas de sus padres. Pero mantuve mi cordura y lo único que lograste fue que te pidiera un taxi y te mandara a dormir y a soñar con más versos huertianos, mientras yo regresaba caminando a mi casa y pensaba otra vez en el fastidioso tema de la carta.
Si no fuera por tus lúbricos ataques, cuánta distancia ya mediaría entre nosotros.
lunes, abril 18, 2005
Desde niño las cuestiones religiosas me daban miedo. No se trataba de hablar de ese lugar común en el que un hombre semidesnudo cuelga de una cruz por unos enormes clavos, mientras cantidades de sangre escurren por sus carnes lastimadas, y uno se esconde tras la falda de la madre al ver al lacerado que dice se entrega para redimir a la humanidad de sus supuestos actos "malvados". No. Las cuestiones religiosas implicaban necesariamente ese inexplicable acto de fe, en el que el móvil, el fundamento, se centra de una forma u otra en una intención furtiva.
Recuerdo a un maricón malabarista que con ramas de pirul, huevos y una gallina negra en mano, lanzaba conjuros virulentos en los que además de restregar los pirules por todo el cuerpo de mi anciana vecina y convocar extraños y conocidos espíritus al ritmo de un cántico que lo único que lograba inspirar era una zozobra oscura, nos maldecía a un grupito de escuincles y a mí, porque aseguraba que nuestras almas formaban parte de esos seres del más allá que tenían hechizada a la nonagenaría, por nuestras "perversas" actitudes frente a la vida. Chamacos feos, yo sé que ustedes son unos cerdos y que todos los días se agarran allá abajo cuando ven las obscenas revistas de sus padres, decía el malabarista con palabras harto aburridas, mientras manoseaba el lugar donde se suponía debía tener o tuvo su sexo. La consigna inmediata entre nosotros mocosos era ese pinche maricón te estaba mirando a ti y te va a llevar a comer pirul con caldo de gallina negra, y darte besos en la boca, lo cual tratábamos de negar asegurando que no era a mí al que le clavaba esos ojos delineados por cosméticos baratos.
Entonces, como ya lo había dicho antes, no eran las friegas que el brujo afeminado le propinaba a la anciana, cuyo cuerpo en verdad no necesitaba alejar malos espíritus sino únicamente descansar para siempre; ni tampoco era el lenguaje que había adquirido el malabarista tras haber sido educado en una familia de albureros. No. Lo que nos perturbaba era la intención malsana con que lanzaba miradas llenas de odio y lujuria. Y también con la anciana, a quien las sandeces mariconas sólo le hacían pensar que tras semejantes vibras, alejaría todo mal de ojo, vudú o hechizo que pudiera tener, incluyéndonos a nosotros que gustábamos de hacerle burla por las decenas y decenas de gatos que tenía en su casa, y que probablemente serían la verdadera causa de sus enfermedades y padecimientos, ya que a la exorcisada no sólo no le daba tiempo de limpiar las heces de sus felinos sino que preparaba diariamente sus alimentos de ella y de sus animales en condiciones muy insalubres.
Y también en el lado anverso.
Mi obesa y campechana tía vivía en la calle aledaña y yo la visitaba invariablemente todos los días para llevarle algunos recadillos de mi madre, pero sobre todo para admirar una extraordinaria capilla que había levantado en el comedor de su casa y en la que había más figurillas de madera y plástico, e ilustraciones, que en la iglesia de la esquina, sin contar, claro, con una ingente cantidad de veladoras que otorgaban un aspecto siniestro antes que tranquilizante. Mi gordita pariente gustaba y disfrutaba cada una de las veces que se inclinaba frente a su colección de monos y estampas a rezarle a todos lo santos y pedirle hasta por el bien y la salud del caldo de res, las tres piezas de carne, el kilo de tortilla y el litro y medio de agua de horchata que acababa de llevarse a la boca, sin, por supuesto, sentir remordimiento alguno por su insaciable y abominable gula.
El miedo se apoderó también de mí al ver cómo se comportaba mi recta, redonda y tan bien conducida tía, pues lejos estaba yo de tomar esa cordura y compostura con la única intención de quedar bien con un dios que castigaba y me exigía de una fe ciega que mis padres no habían logrado inculcar ni yo aprender. Eran matices los que diferenciaban unas intenciones de las otras: al brujo maricón le bastaba con encender una veladora negra y hacer uso de su bien lograda violencia verbal, mientras que a la hermana de mi padre las veladoras blancas y las frases en las que incluía palabras como no-merezco, perdóname, servidora, castígame, a-tus-pies, líbrame, de-rodillas y otras más que mi memoria ha suprimido por cuestiones de salud mental, le valían que todos los días quisiera mirarla con morbo encender las decenas y decenas de veladoras y contemplar con sorpresa sus ojos en blanco que sucumbían por un Padre nuestro que le llevaba al orgasmo.
Y conste que todo fue por sus creencias religiosas y esas intenciones furtivas que lejos de tomarme de la mano y llevarme a un estado placentero, me orillan al miedo y a la angustia.
Recuerdo a un maricón malabarista que con ramas de pirul, huevos y una gallina negra en mano, lanzaba conjuros virulentos en los que además de restregar los pirules por todo el cuerpo de mi anciana vecina y convocar extraños y conocidos espíritus al ritmo de un cántico que lo único que lograba inspirar era una zozobra oscura, nos maldecía a un grupito de escuincles y a mí, porque aseguraba que nuestras almas formaban parte de esos seres del más allá que tenían hechizada a la nonagenaría, por nuestras "perversas" actitudes frente a la vida. Chamacos feos, yo sé que ustedes son unos cerdos y que todos los días se agarran allá abajo cuando ven las obscenas revistas de sus padres, decía el malabarista con palabras harto aburridas, mientras manoseaba el lugar donde se suponía debía tener o tuvo su sexo. La consigna inmediata entre nosotros mocosos era ese pinche maricón te estaba mirando a ti y te va a llevar a comer pirul con caldo de gallina negra, y darte besos en la boca, lo cual tratábamos de negar asegurando que no era a mí al que le clavaba esos ojos delineados por cosméticos baratos.
Entonces, como ya lo había dicho antes, no eran las friegas que el brujo afeminado le propinaba a la anciana, cuyo cuerpo en verdad no necesitaba alejar malos espíritus sino únicamente descansar para siempre; ni tampoco era el lenguaje que había adquirido el malabarista tras haber sido educado en una familia de albureros. No. Lo que nos perturbaba era la intención malsana con que lanzaba miradas llenas de odio y lujuria. Y también con la anciana, a quien las sandeces mariconas sólo le hacían pensar que tras semejantes vibras, alejaría todo mal de ojo, vudú o hechizo que pudiera tener, incluyéndonos a nosotros que gustábamos de hacerle burla por las decenas y decenas de gatos que tenía en su casa, y que probablemente serían la verdadera causa de sus enfermedades y padecimientos, ya que a la exorcisada no sólo no le daba tiempo de limpiar las heces de sus felinos sino que preparaba diariamente sus alimentos de ella y de sus animales en condiciones muy insalubres.
Y también en el lado anverso.
Mi obesa y campechana tía vivía en la calle aledaña y yo la visitaba invariablemente todos los días para llevarle algunos recadillos de mi madre, pero sobre todo para admirar una extraordinaria capilla que había levantado en el comedor de su casa y en la que había más figurillas de madera y plástico, e ilustraciones, que en la iglesia de la esquina, sin contar, claro, con una ingente cantidad de veladoras que otorgaban un aspecto siniestro antes que tranquilizante. Mi gordita pariente gustaba y disfrutaba cada una de las veces que se inclinaba frente a su colección de monos y estampas a rezarle a todos lo santos y pedirle hasta por el bien y la salud del caldo de res, las tres piezas de carne, el kilo de tortilla y el litro y medio de agua de horchata que acababa de llevarse a la boca, sin, por supuesto, sentir remordimiento alguno por su insaciable y abominable gula.
El miedo se apoderó también de mí al ver cómo se comportaba mi recta, redonda y tan bien conducida tía, pues lejos estaba yo de tomar esa cordura y compostura con la única intención de quedar bien con un dios que castigaba y me exigía de una fe ciega que mis padres no habían logrado inculcar ni yo aprender. Eran matices los que diferenciaban unas intenciones de las otras: al brujo maricón le bastaba con encender una veladora negra y hacer uso de su bien lograda violencia verbal, mientras que a la hermana de mi padre las veladoras blancas y las frases en las que incluía palabras como no-merezco, perdóname, servidora, castígame, a-tus-pies, líbrame, de-rodillas y otras más que mi memoria ha suprimido por cuestiones de salud mental, le valían que todos los días quisiera mirarla con morbo encender las decenas y decenas de veladoras y contemplar con sorpresa sus ojos en blanco que sucumbían por un Padre nuestro que le llevaba al orgasmo.
Y conste que todo fue por sus creencias religiosas y esas intenciones furtivas que lejos de tomarme de la mano y llevarme a un estado placentero, me orillan al miedo y a la angustia.
martes, abril 12, 2005
miércoles, abril 06, 2005
martes, abril 05, 2005
sábado, abril 02, 2005
Te escribí una carta y no me contestaste (fui a buscarte, ya cambiaste dirección), como tengo unas cosas que reclamarte, me obligaste a escribirte esta canción: deje mi casa por vivir feliz contigo, y me pagaste como algunas pagan mal: por tu culpa estoy viviendo onde ahora vivo, y a esta vida no me puedo acostumbrar: a veces lloro muy cerca de las botellas (especialmente cuando me acuerdo de ti —si amanece no se miran las estrellas... y oscurece y nunca brillan para mí): una sinfonola y dos amigas me acompañan: mi casa nueva, muy distinta a las demás, tiene un letrero de dolor en la vidriera y una cualquiera es la que ocupa tu lugar.
viernes, abril 01, 2005
martes, marzo 29, 2005
Recibí con alegría y ánimo de adolescente tus gozosas y perturbadoras entregas que me llenaban de deseos desordenados al abrir cada una de ellas, aunque poco me durara el gusto y las ganas, ya que, e ignoro el porqué, en los sobres veía horrorizado tan sólo hojas y hojas en blanco, sin ninguna palabra, sin rastro o indicio alguno de ti: ausente estabas, y es que a pesar de estas entregas súbitas, no hay noticia sobre tu persona, nada que me hable, porque tú así lo desees, de quién eres o has sido, y yo, me doy cuenta, estoy sólo al margen.
lunes, marzo 21, 2005
Entumido por el frío y el alcohol, caminaba ya muy de madrugada por Paseo de la Reforma, pensando entretanto —y ya de forma mecánica y aburrida, porque sin dinero ya no había otra cantina o centro nocturno a donde ir— que dentro de un par de días —hoy precisamente— se cumpliría uno más de tus treintaytantos natalicios, y yo, simplemente para no perder costumbre, lo pasaría disimuladamente por alto, fingiendo no recordar en lo absoluto ni lo más mínimo sobre ti, aunque en gran parte sea verdad y no lleguen a mis recuerdos los tuyos ni por equivocación o casualidad (o con una patología que desearas que de ti hubiera adquirido) o te llamara y escribiera —tal como tú sí lo has hecho— para decir que no es cierto que viva con las escenas candentes, pero no sé por qué tengo siempre ganas de telefonearte y decirte que aquéllas fueron y son maravillosas, y que si las repites me tengas en mente, lo cual, estarás completamente de acuerdo conmigo, no haré siquiera en broma, porque, las escenas candentes, como eufemísticamente las llamas, son sólo un recuerdo: las únicas que alcanzo dibujan apenas un bosquejo que a lo sumo produce risas y pena ajena, y que más valdría no revivir por el bien de tu salud mental —que por cierto, he pensado, está en verdad más dañada y atrofiada que la mía, ya que yo no veo moros con tranchetes en donde no existen: mira que asegurar con tanta seguridad que, luego de que hurgaras en mi correspondencia pública, hay cartas que te he escrito sin avisarte, poniendo en evidencia no sé qué tantas tonteras, que nunca acabas de enumerar, o porque o finges demencia o porque tu maldito teléfono móvil (que cargas hasta en sueños) corta la comunicación— y tus relaciones con el sexo opuesto, porque, apuesto, de ti se han apartado ya las cantidades de pretendientes que, muy entusiasmados, como yo, la primera vez, terminan por emborracharse y olvidar que salieron con una oradora autolacrimógena, que a lo único que induce es a quedarse enclaustrado en la casa mirando sosas series gringas de televisión y largos y soporíferos infomerciales, preferibles antes que una de tus charlas tristísimas, que hoy estarás ya evocando mientras partes pastel y piensas si te hablaré por la noche, o quizá mañana temprano, para decirte si recuerdo esta fecha —o por lo menos la noche de hace un par de semanas, en la que, tras consumir grandes cantidades de grados licor, no hice más que besarte y otras cosas de las que la memoria, afortunadamente, no me deja hablar—, o si nos volveremos a encontrar en unos días para darnos cuenta de lo bien que nos complementamos (sic).
lunes, marzo 14, 2005
lunes, febrero 28, 2005
domingo, febrero 20, 2005
Caminábamos torpemente de una a otra orilla de la banqueta sobre San Juan de Letrán, pensando y confesando entre tanto que para ser más de media noche, y después de ya varias cantinas, yo algunos tequilas y tú otros tantos vodkas, el único lugar que nos faltaba aún por visitar, el que cantidades de veces imaginaste tomar por asalto y yo que de igual forma evité conocieras, era mi oscura alcoba, que ahora, tras haber echado a mis huéspedes, se convirtió en el sitio perfecto para reiniciar nuestros encuentros cercanos que por azares del destino debimos clausurar al grado de que no volviste a dirigirme la palabra, mientras yo todos los días me olvidaba de ti, al lado de una fascinante mujer que remató mi corazón como carne de segunda en un negocio de hamburguesas, porque, aseguró, a mí ya no me hacía falta y era éste el mejor uso que podría darle, comentario al que te sumaste, al atravesar Isabel La Católica, con una mirada que hizo aparecer un recuerdo, un beso y un dedo, que terminaron con la tristeza del sábado negro, el de ayer, que había vivido.
viernes, febrero 18, 2005
El poeta regañado por la musa
De Héctor Carreto
"Ante sus cabellos, el viento
fue incapaz de enredarse.
Intactos, sus labios permanecen.
Sólo la luz —camafeo— fijó el recuerdo",
fueron los versos que escribí pensando en Ella.
Después de leerlos, la Musa marcó mi número:
"¿Por qué me describes con palabras de epitafio?
Según mi espejo de mano, no estoy muerta ni soy estatua.
Tampoco quieras que me asemeje a tu madre.
¿Estás enfermo, o qué sinrazones
te obligaron a cambiar de poética?
¿Acaso aseguras un túmulo en la Rotonda de los Ilustres,
en el Colegio Nacional, o paladeas dieta vitalicia?
Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.
Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo
mi talento en el baile, mi afición por el vino.
Presume al lector de mis piernas en la loca bicicleta
de los encuentros sudorosos cuyos frutos son tus epigramas.
Tampoco ocultes que tenemos diferencias.
Entre la musa que riñe contigo y la que duerme en un lienzo,
no dudes: confía en el instinto."
De Héctor Carreto
"Ante sus cabellos, el viento
fue incapaz de enredarse.
Intactos, sus labios permanecen.
Sólo la luz —camafeo— fijó el recuerdo",
fueron los versos que escribí pensando en Ella.
Después de leerlos, la Musa marcó mi número:
"¿Por qué me describes con palabras de epitafio?
Según mi espejo de mano, no estoy muerta ni soy estatua.
Tampoco quieras que me asemeje a tu madre.
¿Estás enfermo, o qué sinrazones
te obligaron a cambiar de poética?
¿Acaso aseguras un túmulo en la Rotonda de los Ilustres,
en el Colegio Nacional, o paladeas dieta vitalicia?
Escúchame: no escribas más como geómetra abstraído,
en un lenguaje de cristales que entrechocan,
capaz de pintar una batalla como ramo de madreselvas.
Confía en el instinto: que tus labios refieran con orgullo
mi talento en el baile, mi afición por el vino.
Presume al lector de mis piernas en la loca bicicleta
de los encuentros sudorosos cuyos frutos son tus epigramas.
Tampoco ocultes que tenemos diferencias.
Entre la musa que riñe contigo y la que duerme en un lienzo,
no dudes: confía en el instinto."
martes, febrero 15, 2005
jueves, febrero 10, 2005
Sabes que a pesar de las veces en que he estado loco de alcohol no lo he necesitado para confesarte el fervor y calentura que te profeso, pero que a su vez éste mismo me ha permitido decir verdades de las que siempre dudas, y que al paso del tiempo te has dado cuenta de que son tangibles, tanto como las tantas y tantas mentiras que me has dicho y en las que en un principio he creído, pero que al paso de los días tú te has dedicado lastimosamente a la tarea de desmentir por lo mala actriz que has resultado y por lo que de otros que, en un principio me he negado a creer, pese a las evidencias, han sido la muestra fehaciente de que siempre he sido tu marioneta a la que has tratado a vil capricho y gusto, muy a pesar de mis caras de tristeza y enfado en las que no crees ni te interesan, pero que para mí son síntomas del dolor que por ti he logrado convertir en costumbre que todos los días me persigue, tanto como la culpa de la no lograda confesión que quise hacerte al hablar del día en que estuviste entregada a mí, completamente entregada, y yo sólo pude inventar una vil mentira de la que luego me arrepentí, y que tú deplorablemente desdeñaste, pero que, si te hubieras enterado, sabrías que mucho de lo que aquí dejo huella es ficción (no como tú), y que contigo he culminado mi vida errante (de la que veo por tus actitudes habré de retomar en un futuro no muy lejano) para dar paso a la incertidumbre y zozobra llena de besos y caricias, que hoy habré de olvidar porque, como lo anticipaste, esto está condenando al fracaso.
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