viernes, diciembre 29, 2006
jueves, diciembre 28, 2006
miércoles, diciembre 13, 2006
Lloraste en silencio mientras yo te miraba con los adjetivos del hombre más repugnante del mundo y otros insultos llenos de rabia y ceguera, al tiempo que pensaba que luego de aquella despedida en la que me abrazaste con una pasión y ternura inéditas, jamás, luego de esa lágrima que apareció en tu rostro, volveríamos a estar juntos (mi mano con la tuya), pese a que por los razonamientos más pueriles que cualquier extraño imaginara, sería completamente lo contrario y y se pudiera decir como consejo callejero que apenas son heriditas que nada importan pero que en este caso no sólo castigaban al enfermiso y malsano fervor que hacia ti me arrastró durante tanto tiempo, pero que los insultos y las lágrimas innecesarias se tendrían que encargar de colocar en tercer o cuarto plano porque ahora era un hombre limitado a un puñado de frases cuyo sustento eran ignorados, colocados al margen, porque lo que en verdad importaba era la necesad y la estulticia antes que los siguientes días que para mí fueron en verdad aciagos y oscuros como el silencio que debió involuntariamente mediar entre cada bocado, suspiro y aliento, depreciados constanteme, hasta que, cansado y lleno de furia, busqué nuevamente quitar la postiza cáscara de insultos y agravios, aunque tu complicidad se había encargado de nombrar cada uno de mis pasos (no importaba a dónde me dirigiera), que siguen dibujándose aún el día de hoy (en sueños y en vigilia) entre tormentos de esas lágrimas que al igual que tus caricias no desaparecen, no se van.
domingo, noviembre 12, 2006
12_de_noviembre
no recuerdo porqué me levanté el día de hoy pero sé que sigues en estos pasos, que ayer te besé con labios de lluvia y que hoy estoy de pie en la misma esquina en la que nada alcanza, ni tus manos robabordes, ni mis labios de lluvia, ni este domingo a prueba de amores en el que salí sin llaves de las cobijas y en el que no recuerdo cómo empecé a caminarte.
De Simulacro.
De Simulacro.
martes, octubre 17, 2006
lunes, septiembre 11, 2006
paloma negra
Ya me canso de llorar
y no amanece.
Ya no sé si maldecirte
o por ti rezar.
Tengo miedo de buscarte
y de encontrarte.
Hay momentos en que quisiera
mejor rajarme
para arrancarme los clavos
de esta pena.
Pero mis ojos
se mueren
sin mirar tus ojos.
Y mi cariño
con la aurora
te vuelve a esperar.
¡Paloma negra, paloma negra!
¿Dónde andarás?
Tus caricias
deben ser mías,
de nadie más.
Y aunque te ame con locura
ya no vuelvas.
Paloma negra,
eres la reja de un penar.
¡Dios, dame fuerzas,
que estoy muriendo
por irla a buscar!
y no amanece.
Ya no sé si maldecirte
o por ti rezar.
Tengo miedo de buscarte
y de encontrarte.
Hay momentos en que quisiera
mejor rajarme
para arrancarme los clavos
de esta pena.
Pero mis ojos
se mueren
sin mirar tus ojos.
Y mi cariño
con la aurora
te vuelve a esperar.
¡Paloma negra, paloma negra!
¿Dónde andarás?
Tus caricias
deben ser mías,
de nadie más.
Y aunque te ame con locura
ya no vuelvas.
Paloma negra,
eres la reja de un penar.
¡Dios, dame fuerzas,
que estoy muriendo
por irla a buscar!
lunes, agosto 28, 2006
de Jorge Fernandez Granados
Me pesarán tus ojos de aquí hasta la muerte; la culpa ha sido mía, yo no debí mirarlos.
lunes, junio 12, 2006
conjuro de FG
Que no haya en tu memoria más recuerdo que mis caricias, ni en tu esperanza otro refugio que mis brazos, ni en tus manos otro tacto que mi rostro, ni en tus oídos otra huella que mi voz, ni en tus ojos otra sombra que mi éxtasis, ni en tu olfato otro prefume que mi sexo, ni en tu lengua más sabor que mi piel...
viernes, mayo 12, 2006
cabellos
Me viste fijamente, con una gran insistencia, a los ojos, mientras nos ocultábamos en el silencio y yo, supongo que tú también, me nublaba de recuerdos, todavía de hace unos meses, que inicibaan en violentos y cínicos flirteos que finalizaron ya cuando te acariciñe las piernas, detrás de los biombos de un museo, y, al día siguiente, con un labio sangrado de una mordida que me diste luego de que, tras el almuerzo, te arrinconé a las afueras del hotel en que estábamos y te besé como si fueras la última mujer en mi vida, para que después corrieras con un hilo rojo que te escurría de la boca y que no supiste limpiar, porque tus amigas y compañeras te preguntaban con insistencia lo que te había ocurrido y tú sólo atinabas a reírte nerviosamente y evadir el tema, hasta ya más tarde cuando todos notaron lo nerviosos que estábamos, tú y yo, al encontrarnos en aquella cena a la que asistí por razones que yo mismo desconozco pero que tengo en mi memoria con nítida precisión (esa noche bebí apenas una copa) porque nos escurrimos lejos de comensales y nos abandonamos en la pasión hasta que dieron las cinco de la madrugada y tú alegaste que debías regresar a tu cuarto, hacer tu maleta y voler a esta ciudad, nuestra ciudad, lo antes posible para encontrarte con tu familia querida y, creo, con el hombre que aquella tarde te tomaba de la mano mientras nos mirábamos en silencio y pensaba entre tanto el día en que volveríamos a vernos, lejos de la mano de alguien.
jueves, mayo 11, 2006
Debiste saber lo que hacías al confesar que tus vecinos habían roto la tranquilidad de la madrugada con gritos que, según tú, no se comparaban a los tuyos, tan estridentes, que hacían cimbrar edificios (sic), pero que esa tarde, en la que apenas fueron nombrados, lograron perturbarme con verdadera vehemencia, ya que tras esta afirmación siguieron imágenes insinuantes y sucias (como esa en la que recordabas tus salidas a la calle, con apenas un abrigo y el perfume que usabas, para cruzar la calle y ver a una amiga) que tuvieron como fin la frase misma que tú esa madrugada de los gritos pronunciaste en silencio y para ti, y luego frente a mí con una sonrisa malsana, pero que durante esa charla quedó en mi boca, y que si intento repetir ahora es porque luego de todas las insinuaciones es acaso el título de nuestro encuentro que comenzó aquel ya lejano día en que te llevé a mi departamento y yo, desesperado y nervioso, apenas si pude pegar los ojos pensando que estabas justo en mi cama, al lado mío, y tú, creo, abstraída en todo lo que yo, en ese momento, desconocía de ti, pero que, días más tarde, luego de tu reclamo por mis desapariciones, comprendí esa misma tarde en que yo gastaba la tarde en una desordenada y picante charla que, supongo, no deseabas tú tampoco que terminará, pero que simplemente se apagó cuando te abracé y olí tu pelo, horas más tarde en tu cama, al momento que busqué tu mano, y tú me dijiste que ésta no estaba, porque se había perdido entre las sabanas, como igual me encontré yo perdido no sólo en la natural voluptuosidad de tus pasos y tus labios, apenas pintados, y esos hombros y muslos que involuntariamente presumiste en tu cocina, en tu sala y en tu recamara, sino también en esa historia tuya que se me fue revelando día a día, tan llena de pasión, que, pese a que te niegues creerlo, me hizo desear vivir contigo en éxtasis, porque, sí, entérate que todo este tiempo, como te comentaba al principio que tú me decías, me he quedado con toda esta energía pegada aguardando el momento en que vuelva a buscarte a ti y a tu mano perdida.
martes, mayo 02, 2006
Recitar!
Mentre preso del delirio non so più quel che dice e quel che faccio! Eppur... e d'uopo... sforzati! Bah, se' tu forse un uom! Ah, ah, ah. Tu se' Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina. La gente paga e rider vuole qua, e se Arlecchin t'invola Colombina, ridi, Pagliaccio, e ognun applaudirà! Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto; in una smorfia il singhiozzo e il dolore...
Ridi, Pagliaccio, sul taro amore infranto! Ridi del duol che t'avvelena il cor!
Mentre preso del delirio non so più quel che dice e quel che faccio! Eppur... e d'uopo... sforzati! Bah, se' tu forse un uom! Ah, ah, ah. Tu se' Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina. La gente paga e rider vuole qua, e se Arlecchin t'invola Colombina, ridi, Pagliaccio, e ognun applaudirà! Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto; in una smorfia il singhiozzo e il dolore...
Ridi, Pagliaccio, sul taro amore infranto! Ridi del duol che t'avvelena il cor!
viernes, abril 28, 2006
lunes, marzo 20, 2006
Fue tu rostro, sí, tu rostro, el que vi en aquella mediocre película mexicana a la que permanecí atento para intentar volver a verte actuando como extra, papel que representé seguramente de forma tan efímera en tu vida, ya que, tras esa última llamada que tuvimos, supe de manera contundente, triste y lastimosa que seguiría siendo, frente a ti, un espectador y, para mí, protagonista de un fiasco de película mexicana que no alcanza siquiera a entretener por lépera y vulgar, y sí, más bien, al bostezo y a los mejores años de decadencia del cine de barriada, moralino, cuyos dramas, vistos en perspectiva, hacían miserable, por soporífera, la existencia, ya que son acaso más divertidas las horas de History Channel, y el apareamiento entre insectos, que, según me lo hiciste entender, estar a mi lado, presenciando cómo "malgasto" mis días y dinero en beber y en redactar este diario más lleno de mentiras que de anécdotas, en las que, por más que insistas, apenas has aparecido en una ocasión (impronta personal y marca de esa protagónica e intensa pero breve relación).
lunes, febrero 06, 2006
¿cómo olvidar?
El cielo se ha adentrado en una de sus tantas tonalidades grises. Sin saberlo, es ya el compañero ideal para visualizar un horizonte imposible, aunque tampoco intuya que el fuego real desanida el cuerpo por dentro. ¿Cómo olvidar?, es la súplica de la epidermis. ¿Cómo hacerlo sin dejar de ser justo y el palmo de piel menos visible quede fuera de una eclosión siniestra? El tema no es el vigor de los hombres íntegros o la falsa ilusión de una antigüedad reciente o borrar la cinta de la memoria como se lo haría con la palabra escrita a lápiz. El conflicto, mayor y solitario, es saberse desprendido del palmo de piel y seguir siendo hombre: desajustar la cuerda que sostiene el pasado como hilo perenne, como enlace sublime con lo que alguna vez fue bello. ¿Cómo olvidar?, pregunto de nuevo y el halo de la respuesta me cercena como si de cortar gargantas se tratara, como si el tiempo detenido se remitiera sólo a la lágrima en el pómulo, fría, indecisa, estancada eternamente. Gota, agua, río eterno. ¡Por dios, pongo mi cabeza en la tabla para que el cauce fluya! ¿Cómo olvidar, carajo?, si entre la bruma perpetua estarán las efigies e instantes que construyeron el esbozo de las miradas, la complicidad magnífica de lo sabido, el silencio pobre y obtuso que llama a los mortales a su inevitable lecho. La perversión domina de nuevo los cuerpos débiles y oculta el sufrimiento. Y sigue ahí, en un lugar intacto llamado huella. ¡Malaya sea el tiempo! ¡Va mi espada en prenda por una pedestre cicatriz! Pero la sangre fluye por fuera, crea formas perniciosas en las monturas y lanza su ingenuidad hacia fuera para reafirmar su presencia. Raudo carmesí. ¿Cómo es el dolor si el pasado lo muestra opaco, como si por una genialidad cruel hubiera saltado los años? Ahora la conmoción es otra, más rabiosa, más entera, acaso también, quiero creerlo, más noble, de esa nobleza que sin embargo no eclipsa el puñal que cortará las venas. ¿Cómo olvidar? Házmelo saber, señor, y empeñaré mi palabra, pondré mis sílabas al amparo y voluntad del juez perfecto. Soy, lo sé, un bombero que no puede, no sabe, apagar el fuego. Por favor, quiero saber cómo olvidar y prometo ser hombre muerto.
Tomado de Del Valle notes
Tomado de Del Valle notes
viernes, febrero 03, 2006
Son ya incontables las noches que he pasado bebiendo cerveza y mirando hasta casi el amancer [Adult Swin], sin más que traer como carrusel esa última noche, en la que, sin que lo planeáramos, llegué hasta tu departamento y me recosté, al lado tuyo, con el recuerdo de Cortázar en medio, mientras me contabas que el tipo que te persigue con insistencia y torpeza había imaginado que esa tarde mi presencia obedecía a que tan sólo te acompañaría a la puerta de tu casa y tal vez a charlar con vehemencia sobre dos o tres tonterías que, según refieres, a razón de él, me dedico sólo a hablar como enajenado sin poner atención en que debiera, más bien, entregarme en cuerpo y alma al flirteo que, dicho sea entre nosotros, sabes que no se me da, aunque asegures que es lo único que he hecho desde el momento en que toqué por vez primera a tu puerta y tú no hiciste otra cosa que hablar sin reparo y respiro de ti y de lo difícil y enredada que es tu vida, advirtiendo que desistiera del poco creíble e inesperado fervor que te confesé aquella tarde en la cocina al momento que rompías unos vasos alegando que yo te había puesto nerviosa, porque la sola idea de estar juntos te nublaba el juicio y el sentir ya que días después, durante esa fiesta de adolescentes, buscaste la indiferencia entre nosotros sin que la respetaras tanto, minutos más tarde, cuando anuncié a una amiga tuya que huiría a dormir y tú hiciste del escándalo tu reflector porque tiraste vasos y botellas y aventaste gente, para abrirte paso, hasta alcanzarme y tomarme de la mano para pedir, casi susurrando pero extremadamente audible, que tenía que volverte a buscar al día siguiente y continuar con las charlas en las que no hacíamos más que entregarnos al borde de la saciedad al culto a tu persona que fue nuestro pan de cada día y que terminó casualmente esa última noche en que, por razones que no tiene caso mencionar, de mi parte sólo existió el silencio hasta que muy temprano, casi al amanecer, abandoné tu casa y tus palabras.
jueves, enero 05, 2006
also
...Y vi los hombres caer en una profunda tristeza. Los mejores se cansaron de sus obras. Se lanzó doctrina acompañada de un credo: "¡Todo está vacío. Todo es igual. Todo pasó!" Y en todos los montes repercutió el eco: "¡Todo está vacío, todo es igual, todo pasó!" Verdad es que hemos cosechado. Pero ¿por qué se han podrido y ennegrecido nuestros frutos? ¿Qué es lo que cayó la última noche de la mala luna? Todo esfuerzo ha sido en vano. Nuestro vino ha cambiado convirtiéndose en veneno. Una maldición ha amarilleado nuestros campos y nuestros corazones. Nos hemos secado por completo, y si cayera un rayo sobre nosotros, volarían hechas polvo nuestras cenizas. Sí; hemos cansado al mismo fuego. ¡Todas las fuentes se han secado para nosotros, y el mar se ha retirado! ¡Todo los suelos quieren abrirse, pero ningún abismo quieren tragarnos! ¡Ay! ¿Dónde hay un mar donde pueda uno ahogarse? Así resuena nuestra queja, esta queja que cruza sobre los tranquilos pantanos. ¡En verdad, nos hemos cansado demasiado para morir; ahora continuamos viviendo despiertos... dentro de criptas funerarias!...
sábado, diciembre 24, 2005
reiteración
De una inscripición en la arena abandonada al viento...
...te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, abrir los labios sin llamarme, saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, tocar tu cuerpo sin creer que me acaricias, doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo...
...te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, abrir los labios sin llamarme, saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, tocar tu cuerpo sin creer que me acaricias, doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo...
jueves, diciembre 22, 2005
xmas
Caminaste y corriste por los recodos más recónditos de esta laberíntica ciudad para, ya más tarde me enteraría, darme una noticia triste; hasta que, en la cantina de la que soy fiel parroquiano y en la que por vez primera devolviste sobre mí jugos gástricos y etílicos que tu estómago no quería, me encontraste al lado de tu hermana, la que siempre se quejaba de mí, bebiendo del mismo trago y felicitándonos con demasiada efusividad por estas fiestas de fin de año, lo primero porque el dinero se nos había terminado y lo segundo debido a que había sido una casualidad que ella y yo nos encontráramos ahí, algo que parece no comprendiste porque apenas si podíamos balbucear y estructurar frases coherentes, pese a que aún fueran las seis de la tarde. Pediste entonces, sin más, que necesariamente nos moviéramos a mi casa, el único lugar en el que podíamos arreglarnos los tres, argüiste, y en donde tomaste un par de minutos para encerrarte con tu hermana y sabotear su mareo a través de un poderoso chorro de agua, mientras yo debía meditar, según tú, sobre mis irresponsables actos de embriaguez, lo cual no logré hacer, ya que mi imaginación comenzó a tramar una escena escandalosa y perteneciente al terreno de mis fantasías furtivas, en la que yo accedía a enjabonarle el cuello a tu hermana y los tres lavábamos nuestras culpas y dejábamos escapar por la coladera toda nuestra agotada lujuria. Aunque no hubo nada de lujuria y sí mucho de culpas, pues luego de que saliste arrastrando a una borracha que rechinaba de limpia, la sentaste a mi lado y comenzaste un sermón cuyo final ignoro porque lo siguiente que recuerdo es que desperté al lado de una carta en la que explicabas que tu tristeza era doble no sólo porque precisamente hoy partes a París, a hacer tus estudios en la Universidad de Sorbona, sino también por el amargo recuerdo que te llevas de mí.
martes, diciembre 13, 2005
no me condenes II
Callaste como por necesidad enferma desde la vez primera en que nos miramos fijamente a los ojos, mientras al parecer yo preguntaba en silencio si tendrías pretendiente o algo que se le pareciera y, verbalmente, algo que no recuerdo porque emprendí un cuestionario que pronto finalicé al ver tus expresiones que por lo visto mostraban que caías en cuenta de que fuera yo un hombre de talento para improvisar e interpretar monólogos que podían ser lo mismo interesantes que completamente soporíferos —sobre todo soporíferos—, lo cual, al paso del tiempo y tras varios meses de noviazgo —nunca debí dejar que ocurriera, lo de tu mutismo, aclaro— es algo ya tan necesario ahora porque, ya ves, no te interesa hablar siquiera de lo tanto que padeces las recientes temperaturas tropicales y los inesperados chubascos, por citar un tema más bien pasajero y banal, y es que si me pidieras extraerle agua a una roca, eso sería más factible a que tú hablases sobre cualquier asunto tuyo porque lo más íntimo que conozco de ti es un NO que de tanto que lo repites, pienso a veces que quizá es mi segundo nombre de pila, y acepto de muy mala gana que, como me lo has hecho entender, desde esa vez primera, calladito me veo mejor, como tú, ahora mismo, en que has decidido no dirigirme una sola palabra por cuestiones que no quiero ni mencionar pero que si me dejaras explicar te enterarías que acaso es sólo una mentira el que yo no te haya dedicado un fervor malsano ni a ti ni a esos ojos tuyos tan inusitados, que extraño tanto porque hace días que no te he visto ni he conocido otra cosa que insomnio y una ansiedad despiadada que me mata y me consume, y que me ha hecho cambiar los tragos diarios, y tan siempre coquetos, de Herradura Reposado, por contundentes dosis de cloracepán y lagartil, las cuales —trato de alegar— tuve que suspender a los tres días porque articulaba palabras (y me comportaba) como si hubiera sido sometido a una lobotomía, que sé que podría parecer que tal es mi estado cuando me decido y me excedo en beber más de lo que cargo para gastar en tequilas que acompaño con cervezas a las que pude afortunadamente regresar al cambiar mis medicamentos alópatas por uno bastante soso, ñoño y apenas perceptible llamado passiflorine, que me medicó un cantinero el día en que decidí —a pesar de las advertencias que había recibido por parte de mi médico— no volver tomar aquel recetario de pastillas raras, y comer servido por este buen samaritano que me aseguró que la ventaja de tan aparentemente débil ansiolítico era que no había problema si se combinaba con alcohol ni mucho menos, ya que por años ha sido la receta secreta con la que mantiene fieles a sus eternos, tristes y depresivos parroquianos, de los que ya conoce a detalle sus historias, y con los que, tal parece, pudo identificarme como uno de ellos, advirtiendo de inmediato que debía medicarme o soportar, no mi trágica o cómica desventura, sino mi tan animada y siempre bien interesante forma de conversación, que, supongo, es lo que me mantiene todavía cuerdo y entretenido en este malentendido que, espero, por mi salud física y mental —y sobre todo por la del cantinero, que según sospecho piensa que mis inevitables monólogos y mi histriónica manera de mover y sacudir las manos e iniciar discusiones que sólo yo entiendo son parte, no de la ebriedad que cada vez tiende más a pelearse con la tolerancia que mi cuerpo ha ido adquiriendo con el tiempo hacia el alcohol, sino más bien a mi perturbado y dañado estado anímico, fehaciente en mi aliño, que lo obliga a confinarme en el rincón más oscuro y apartado de su cantina con el pretexto de que ahí, lejos del ruido, puede escucharme con atención sin perder detalle de mi entusiasta y vivaz parrafada—, sea aclarado lo antes posible porque, aunque como algunos malintencionados insisten, no tenga yo traza de buena persona, puedo asegurarte que lo más que se me puede reprochar es la embriaguez y la desmemoria que me ocurrieron hace un par de días en que salí corriendo a un famoso bar esnob de Coyoacán en el que callado —por increíble que te parezca— pensaba en las innumerables veces en que accediste a acompañarme a beber un par de tragos, mientras yo hacía mis cotidianos y rutinarios desfiguros y tú movías la cabeza en signo de desaprobación, y quizá vergüenza, pero que terminabas por perdonar y olvidar con un beso, cuyo insultantemente dulce sabor —como ya te lo dije—recordaba yo en ese momento, entre copa y copa, y al entreabrir y cerrar los ojos y querer evadirme de esta tragedia, y que más me valdría no haberlo hecho porque al noveno trago volví a cerrar los ojos y, al abrirlos, me di cuenta de que era ya de día y de que la cabeza me dolía no por la cantidad de alcohol que había ingerido, sino por el duro cemento de la banqueta en la que había yo pasado la noche soñando que el malentendido había sido producto de una pesadilla fatal y no de esta realidad dura y seca que cada día me pesa más, sobre todo por el silencio al que me estás condenando, ya que más allá de las palabras que pudiera yo hilar de manera coherente, o más bien torpe y de pena ajena como suele suceder, o por lo que tú estás dejando de decirme —y ya olvídate siquiera de tus hermosos monosílabos con los que tan bien nos entendíamos—, sufro de manera rara el mutismo al que me había acostumbrado y que, a pesar de que sigue tan o más vigente que hace unos días cuando todavía nos queríamos, me parece extraño que yo te extrañe de forma tan particular y, si no para remediarlo al menos para no sufrirlo tanto, no haga más que mediar mi vida entre la casa y la cantina —y no de la cantina a la banqueta—, pues desde aquellos efectivos medicamentos —primero los del terapeuta y luego los del buen hombre que sirve las copas— he podido dormir algunas horas más y dar un espacio más amplio a mi otrora voraz hambre que ha hecho, junto con los ingentes y deliciosos galones de licor que me he dado a la tarea de beber durante estos últimos años, una repugnante coladera a mi estómago, pues desde hace varios meses se me presentó y desató una terrible y dolorosa gastritis que me obliga ferozmente a beber, al parejo de mis Herraduras, una botella diaria de antiácido que, entérate, forma parte ya de mi dieta y de este modus vivendi que presumía yo que ya conocías, entendías y tolerabas, pero que de hecho, según presiento, debe aburrirte, ya que si bien es cierto que —deja que insista— a tu lado he pensado que, lejos de escribir, conjugaré el futuro perfecto, tú habrás preferido quizá enseñarme cabalmente lo que es el presente indicativo, sin subjuntivos ni imperativos, en el que admito que mi sorpresa, que es grande, no ha sido mayor que mi desconcierto al advertir lo verdaderamente imbécil que he sido y soy, al no querer ver que es más bien tu silente cariño el que se me ha venido a revelar en todos estos días aciagos en los que —y deja por favor que mi cursilería explote o que por lo menos domine esta vez sobre mi patanería, porque si bien acepto que tus caricias y toda tú me orillan y provocan una lujuria patológica y exquisitamente placentera, admito también que es más aún el cariño, la admiración y el fervor que en mí provocas— me he dado cuenta de que vivo enfermo de no verte y de que desearía tener y probar de nuevo, en este instante, los recurrentes besos aguardentosos que acostumbramos en algún tiempo y con los que tanto nos divertimos, y no la cara de este horrendo cantinero que al principio fue de risa pero que ahora se transforma, tan sólo al verme, en rostro de compasión y sobre todo de aburrimiento y fastidio, que trata de ocultar tras un “me preocupas”, y también de repetirme hasta el cansancio que debo hablar contigo y pedirte que no me condenes a no volver a escuchar tus risas y carcajadas, tus ojos inusitados, tu olor aderezante, en pocas palabras, a estar sin ti.
miércoles, noviembre 30, 2005
martes, noviembre 29, 2005
jueves, noviembre 24, 2005
sábado, noviembre 12, 2005
don't speak
No te importó saber que se acercó aún con timidez y hecha un manojo de nervios la antigua, legendaria y casi mítica Powerpuff girl para verme la cara de idiota y los ojos hinchados de tanto llorar como lerdo y retrasado, sin saber, desde luego, que su imagen de cabellos rosas y su mirada perturbadora me hicieron, por un momento, pensar que quizá era la reencarnación de Gwen y sus repetitivas y alucinantes simple things, simple kind of life que, desde que la luz había entrado al día, resonaban ya en mi cabeza al tiempo que yo amanecía en un restaurante, tras una noche que había comenzado la tarde anterior (cuando el sol apenas se había ocultado y yo te había llamado al teléfono móvil desesperado y ansioso de conocer por qué deseabas sepultar nuestra lastimada y resistente relación) en la que, para tragarte tu tristeza, habías recorrido calles al lado de la alegría más grande tu vida que, tal parecía, se había ensombrecido (tu vida, no tu alegría), más que por culpa mía, por los rumores de pasillo de alguien que buscaba protagonismo y cuyas palabras me resumiste en un don’t speak, mientras yo, por supuesto que de la boca de Stefani, atiné apenas a pensar que I can't believe this could be the end, en la misma lengua madrastra de Powerpuff, quien ante tal escena no dudó un momento en sentarse a mi lado en aquella cafetería que tanto extraño ahora, y escuchar mis balbuceos que, para su sorpresa, ajenos eran a mi torpeza y aroma alcohólico y nocturno, pues, aseguró en medio de gritos y regaños, estaba yo despedazado no por lo que tú me estuvieras haciendo sino, más bien, por mis propios actos estúpidos que esa noche me habían provocado dos terribles ataques de llanto mediados entre ayes y lamentos y una terrible madrugada que terminó sin dormir ni comer, apenas con las ganas de que me escucharas y supieras, por mi boca, que deseaba tu perdón y, sobretodo, no perderte.
jueves, noviembre 03, 2005
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