miércoles, octubre 26, 2005
martes, octubre 18, 2005
lunes, septiembre 19, 2005
coyoacan
Te recostaste sonriendo malévolamente sobre mis piernas en aquel restaurante familiar, causando, por supuesto, el rubor en mi rostro y la mojigata vergüenza de los mañaneros comensales de las mesas contiguas, quienes, debido al rigor de tus candentes movimientos, intuyeron necesariamente que más allá de un descanso, buscabas el constante roce de nuestros cuerpos, que, de cierta forma, ya habías vislumbrado no volvería a ocurrir con esa sabrosa violencia que cierta noche descubrimos, porque canallezcamente acababas de romperme el corazón al confesarme que habías amanecido con un hombre muy ligado a tu intimidad, y tomado, de la succión de sus labios sobre tu cuello, una siniestra impronta como la que a mí nunca, acuérdate, me permitiste porque afirmabas que eso de la saliva no iba contigo, que eras una mujer que más bien se inclinaba por un trato romántico, existente sólo en tu imaginación, ya que, según me contaste más tarde frente a los helados que hacen contraesquina con el mercado de Coyoacán, habías disfrutado plenamente de tus idilios porque estos se basaban en lazos amorosos y no carnales, pero que, si hemos de ser sinceros, ni tú misma dabas crédito a las mentiras y mentiras que decías, porque para desmentirte sólo faltaba recordárte que la vez primera que salimos terminamos, sí, tú y yo, revolcándonos desnudos en nuestras más puras verdades y falsedades, y no en el silencio eterno al que nos condenamos ya por la tarde cuando tu mirabas pasar los autos sobre División del Norte y yo ocupaba mis pensamientos en recordar si había dejado cerrada la puerta de la casa, pues ya son dos las ocasiones en que lo he hecho, aunque lo único que haya aquí sean sólo botellas vacías y canditad de papeles en los que no hago más que recoger todas las cosas que no digo y que quizá jamás diga frente a frente, y es que más allá de vivir en el callado rencor y la amargura, me pierdo pensando cada una las atinadas palabras que debiera decir, pero que contengo, como éstas que, y espero que sólo quede entre tú y yo, me molestan desde hace varios días: te extraño.
domingo, septiembre 11, 2005
11-9
Dijiste, ya no sé si con tristeza o ironía (por que tu rostro no dejaba ver más), que si algo podría yo recordar de este domingo sería únicamente tvscreenshots que, desde luego, todo mundo trae a colación y a la menor provocación a las charlas de sobremesa, mientras que otros como yo, dices tú, vivimos olvidando lo anterior apenas está ocurrieno, no por mi pésima memoria, sino más bien porque, insistes, lo ocurrido no deja marca en mi vida, mientras alegas que últimamente me has visto cantidad de veces, en una de las enormes avenidas del sur de esta ciudad, besando con lujuria malsana a una delgada mujer que, según tú, ya se metió en tu vida, por que tus sueños no son míos sino de ella.
miércoles, agosto 24, 2005
luna de miel
Mi pobre Lulú, tan flaca tan sola, tomando café espera a su chavo.
Me invita a su casa, me invita a comer, me cuenta su viaje de luna de miel.
Más flaca y más sola, bebiendo su té, recuerda la historia y cómo le fue en todos sus viajes de luna de miel.
Se me hace querido, me dijo una vez, que me hice pendeja, pues no supo a miel.
Desde hace diez años conozco a Lulú y sigue en el viaje de luna de miel.
Me invita a su casa, me invita a comer, me cuenta su viaje de luna de miel.
Más flaca y más sola, bebiendo su té, recuerda la historia y cómo le fue en todos sus viajes de luna de miel.
Se me hace querido, me dijo una vez, que me hice pendeja, pues no supo a miel.
Desde hace diez años conozco a Lulú y sigue en el viaje de luna de miel.
martes, agosto 16, 2005
lunes, agosto 15, 2005
por cigarros a Hong Kong
Que se fue poco antes del otoño, que se fue cierto día como hoy, que se fue y han pasado tantos años, que se fue por cigarros a Hong Kong.
Que se fue cuando ella sacudía, como siempre bostezándole al jarrón. El señor sólo dijo no me tardo, y se fue por cigarros a Hong Kong.
Que se fue sin la foto de los hijos, que se fue y al menor no conoció, que se fue sin dejar el buen ejemplo, que se fue por cigarros a Hong Kong.
Que se fue, y después de un largo viaje, regresó al bostezo y al jarrón, y encontró todo puesto como estaba y volvió por cigarros a Hong Kong.
Que se fue cuando ella sacudía, como siempre bostezándole al jarrón. El señor sólo dijo no me tardo, y se fue por cigarros a Hong Kong.
Que se fue sin la foto de los hijos, que se fue y al menor no conoció, que se fue sin dejar el buen ejemplo, que se fue por cigarros a Hong Kong.
Que se fue, y después de un largo viaje, regresó al bostezo y al jarrón, y encontró todo puesto como estaba y volvió por cigarros a Hong Kong.
jueves, agosto 11, 2005
El personal
La conocí en La Central, por la calzada siguiendo sus pasos me perdí; en San Juan de Dios la volvía encontrar y en el mercado me la ligué: la tome de la cintura y le dije dulcemente "dame un besito, no seas ranchera": le compré un par de huaraches, un collar de tejocotes, le invité unos pepinos; en la Plaza Tapatía nos persiguió un policía, y en el Hospicio Cabañas le dimos rienda suelta a nuetro vicio; nos subimos al Parvial, vistamos la Catedral; paseamos por todo el centro: caminamos por la Juárez, por el cine Variedades; en la Alemana nos tomamos unos tequilas y entonces se le abrió el apetito: la llevé a los antojitos (le brillaban los ojitos) se comió cuatro tostadas, ocho sopes, un pozole, tres tamales con atole y diez estrellitas heladas, y ahí me dijo "tengo antojo de una jericaya".
En Guadalajara fue donde me enamoré.
En Guadalajara fue donde me enamoré.
lunes, agosto 08, 2005
miércoles, julio 27, 2005
No me condenes
Yo tuve una novia muy pobre (ojos inusitados). Llamábase María: vivía en un suburbio. Acabamos de golpe: su domicilio estaba contiguo a la estación de los ferrocarriles, y ¿qué noviazgo puede ser duradero entre campanadas centrífugas y silbatos febriles?
María se mostraba incrédula y triste: yo no tenía traza de una buena persona. Su desconfiar ingénito era ratificado por los perros noctívagos en cuya algarabía reforzábase el duro presagio de ella.
¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes: cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho, cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes, cuanto trabes los dedos por detrás de tu nuca, no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos que turba tu faena y tus recatos.
María se mostraba incrédula y triste: yo no tenía traza de una buena persona. Su desconfiar ingénito era ratificado por los perros noctívagos en cuya algarabía reforzábase el duro presagio de ella.
¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes: cuando oscile el quinqué y se abatan las ocho, cuando el sillón te mezca, cuando ululen los trenes, cuanto trabes los dedos por detrás de tu nuca, no me juzgues más pérfido que uno de los silbatos que turba tu faena y tus recatos.
jueves, junio 09, 2005
miércoles, junio 08, 2005
De furia loca fue la sorpresa que desorbitó a tus ojos tras enterarte que después de todo sí habías aparecido en un publicación para caballeros: no con un texto de los que tanto presumes y que además te han valido el respeto de un puñado de escritores que acostumbran aplaudir como foca tu trabajo intelectual: eras simple y llanamente tal y como no te imaginaste: tú y sólo tú que además de dedicarte a los pilates acostumbras alcoholizarte sin medida: vodka tras vodka: borrachera tras desmemoria idéntica a la que te invadió esa noche en que un tipo sacó su tarjeta de presentación en cuya esquina izquierda había una cabeza de conejo y que tras una breve charla te invitó a lo que ahora ya sabes y yo debo sin remedio aceptar: tu aparición y la de mi rabia que vuelve cada vez que recuerdo esto y que me hace tirar de mis cabellos al pensar en que miles de mequetrefes sin nada mejor que hacer te encontrarán entre modelos canadienses y entrevistas a celebridades que pasan desapercibidas por mis amistades quienes al consultar tal publicación suelen sólo telefonearme para preguntarme con franca desconfianza pero en espera de una morbosa afirmación si en verdad eres tú la que aparece ahí: sí es mi respuesta y niego saber cómo es que te lograste colar a tal mundillo de imágenes e impresiones a sabiendas de que debieras estar más bien en uno de esos comics gringos de personajes decadentes en los que yo sería tu patiño y atolondrado enamorado y tú a la vez una mujer delineada por los ojos de un lujurioso que conoce a profundidad tus pliegues y que con un degenerado talento sabría dibujarte en una estampa que ni yo mismo podría describir: tú hablando y escupiendo injurias y calumnias como frenética y desquiciada entre lágrimas y balbuceos sobre lo mal que te tratamos la vida y yo en especial: cuando acudes a esta recurrente escena y yo no hallo otra cosa que el monótono mutis que suelo representar por mi parte mientras pienso en cosas importantes como escribir una novela que espero sea un hitazo y que comience de forma memorable: en un lugar de Naucalpan de cuyo nombre no puedo acordarme ni mucho menos saber qué sería lo siguiente: tienes siempre la osadía de interrumpirme mis libérrimas y originales interesantes ideas para besarme y repetir ensalivadamente frases que arrojo ipso facto al no me acuerdo porque lo que enseguida hago es acariciarte lúbricamente y decirte que sí tienes toda la razón en lo que sea y más en la canallada que te jugaron al incluirte en esa publicación que muy a pesar de la incredulidad de quienes la han visto te muestra y compara frente a mujeres llenas de bolas tal y como te he querido ver: callada.
martes, junio 07, 2005
lunes, mayo 30, 2005
domingo, mayo 29, 2005
Con cierto temor a mi reacción y con un húmedo y caliente halo que se condensaba en mi oído, me confesaste ser partidaria de aquella sentencia que obliga a tratar siempre a una mujer con el mismo respeto que le prodiga un plebeyo a su generosa y justa soberana, pero que a la hora del ayuntamiento debe uno dedicarle los mismos maltratos y oprobios que le merecen la más popular e intimada de las cortesanas, porque, al fin y al cabo, concluías, es lo mínimo que puede hacer un hombre por la suya. Yo, desde el momento en que salimos de aquella sala de cine, había evadido cada una de las tantas tonteras que tanto te gusta discutir hasta que la garganta se te desangra y vomitas no sólo cuágulos, sino también más improperios en contra de quien se deje, y pensaba entre tanto qué le diría a la ex mujer de Krauze que inexplicablemente consiguió mi número telefónico personal y me pidió que uno de estos días tomáramos un café y charláramos de temas más bien personales, ya que su comportamiento me pareció poco ordinadirio la última vez que nos vimos en un evento social al que asistí por casualidad y en donde ella me llevaba de la mano de un lado a otro presentándome con hartos fulanos y fulanas. Pero no tuve oportunidad de terminar con mis perogrulladas ni de seguir ignorándote porque tu contundente afirmación me orilló a pensar que te referías a que probablemente querías probarte como contorsionista o acróbata a la hora de intercambiar fluidos, y se me ocurrió que tal vez me estabas proponiendo materializar y consumar lo que dejamos inconcluso por culpa de tus necias ideas acerca de que no me importas ni me interesas en lo más mínimo.
Los ojos me brillaron y me volví con una sonrisa para mirarte detenidamente y comprobar que hablabas con plena seriedad. Y no supe ya entonces si había sido una broma de pésimo gusto o si, como aclaraste enseguida, estabas convencida de que debías conducirte como meretriz no para volver tu vida sexual un canto épico lleno de gloriosas batallas, sino más bien para que al momento de que te sumaras con otro alzaras la mano y pidieras que la cuenta se depositara ahí. Y te aclaro que no logré dilucidar tus aseveraciones puesto que mientras terminabas con aquel enunciado, ya me habías tomado del cuello y mordías el lóbulo de mi oreja, para luego alejarte corriendo y cambiar de tema inquiriéndome por la respuesta que me había dado la editorial regia por el libro apócrifo que les había enviado meses atrás.
He pensado en ti todos estos días y no sé si es ya hora de pagar todos mis desprecios.
Los ojos me brillaron y me volví con una sonrisa para mirarte detenidamente y comprobar que hablabas con plena seriedad. Y no supe ya entonces si había sido una broma de pésimo gusto o si, como aclaraste enseguida, estabas convencida de que debías conducirte como meretriz no para volver tu vida sexual un canto épico lleno de gloriosas batallas, sino más bien para que al momento de que te sumaras con otro alzaras la mano y pidieras que la cuenta se depositara ahí. Y te aclaro que no logré dilucidar tus aseveraciones puesto que mientras terminabas con aquel enunciado, ya me habías tomado del cuello y mordías el lóbulo de mi oreja, para luego alejarte corriendo y cambiar de tema inquiriéndome por la respuesta que me había dado la editorial regia por el libro apócrifo que les había enviado meses atrás.
He pensado en ti todos estos días y no sé si es ya hora de pagar todos mis desprecios.
viernes, mayo 27, 2005
jueves, mayo 26, 2005
domingo, mayo 22, 2005
viernes, mayo 20, 2005
¿Quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿cómo llegué aquí? son preguntas no de índole existencial sino más bien las que me formulé, de pronto, cuando me encontraba frente al televisor mirando los aburridos noticieros de la mañana, en plena resaca, y caía en cuenta de no recordar en lo absoluto la noche anterior ni cómo había ido a parar a la sala de mi casa, recostado en el viejo sillón, mientras sostenía una taza con cereal que yacía en mi estómago y que religiosa y ñoñamente desayuno todos los días. Tenía la mente en blanco, pero un pensamiento aterrador me sobrevino e imaginé que lo más probable fuera que luego de que nos echaran de aquella lúgubre cantina en la que tomábamos como cosacos o colonos de azotea de la Del Valle, nos hubiéramos dirigido sin mediar idea alguna a ese lugar al que tantas veces me insististe te invitara, pero que a mí me parecía un exceso: y es que llevarte hasta mi hogar sería mi completa perdición y la cúspide de tu mácula invasión a mi vida, y no lo digo porque de alguna manera quisiera yo apartarte y alejarme de nuestros viscosos encuentros, pero debido ya a la ingente cantidad de veces en que me has puesto una argolla en la nariz para arriarme como buey en la vereda de tus caprichos, se me ocurrió que el verte ahora brincando triunfadora entre gritos y exhalaciones precipitadas sobre mi cama significaría irreparablemente que habrías tomado el último rincón de mi intimidad y con ello el control absoluto de mi vida, a lo que, tú sabes, me niego rotundamente.
Y entonces, tras darme cuenta que, y no lo digo por ti, aún me gusta malgastar mi tiempo escuchando mensadas, me levanté trastabillando para correr a mi alcoba y corroborar que de ninguna manera mis ganas voluptuosas y las tuyas se habían consumado, dejando como saldo único, en mi cama, tu cuerpo inerte, lleno de sueños, al lado del aroma de tus secreciones y quizá también de mis lágrimas y mis confesiones de este idilio tormentoso. Pero afortunadamente nada hallé en las sábanas, donde sólo se encontraba revuelta mi colección de revistas obscenas con las que tanto me divierto y con las que inexplicamblemente me acuerdo de ti; aunque de anoche no recuerde en lo absoluto por más esfuerzos que haga. Tú, en cambio, me telefoneaste por la tarde para decirme que acababas de despertar, y que la noche de anoche jamás (y remarcaste el jamás) la olvidarías porque "nuestro" amor era verdadero.
Y entonces, tras darme cuenta que, y no lo digo por ti, aún me gusta malgastar mi tiempo escuchando mensadas, me levanté trastabillando para correr a mi alcoba y corroborar que de ninguna manera mis ganas voluptuosas y las tuyas se habían consumado, dejando como saldo único, en mi cama, tu cuerpo inerte, lleno de sueños, al lado del aroma de tus secreciones y quizá también de mis lágrimas y mis confesiones de este idilio tormentoso. Pero afortunadamente nada hallé en las sábanas, donde sólo se encontraba revuelta mi colección de revistas obscenas con las que tanto me divierto y con las que inexplicamblemente me acuerdo de ti; aunque de anoche no recuerde en lo absoluto por más esfuerzos que haga. Tú, en cambio, me telefoneaste por la tarde para decirme que acababas de despertar, y que la noche de anoche jamás (y remarcaste el jamás) la olvidarías porque "nuestro" amor era verdadero.
lunes, mayo 16, 2005
domingo, mayo 15, 2005
Qué grande fue mi tristeza cuando aseguraste que eso de fumar y beber eran sólo el principio de una vida que seguramente desembocaría en errar de aquí para allá como alcohólico teporocho, porque, valga repetir las palabras fatales que tu madre me embarró mientras su mirada llena de indignación y enfado me barría de pies a cabeza, a la vez que pensaba con angustia y una lágrima en el ojo que si al tener su hija amistades como yo era porque probablemente había fallado como progenitora, pero me confesó que no bebías ni gota de rompope porque tú sostienes que, tras la resaca, lo trágico no son los malestares físicos ni morales, sino las decenas de neuronas que mueren y cuyos cadáveres quedan en tu conciencia debido a la exagerada ñoñez y puritanismo que practicas, y de los que por poco me contagias cuando me insitaste a correr a tu lado todas las mañanas en los Viveros de Coyoacán. Yo, desde luego, me negué rotundamente, puesto que no iba a desaparecer, sólo por tus desconsiderados caprichos, un excedente en lípidos que tan bonachón y simpático me hacen ver y que tanta cebada fermentada y comida nada nutriente pero muy sabrosa me ha costado.
Aunque si te soy franco, debo aclarar que por un momento mi imaginación me sorprendió con una escena que jamás creí posible: tú vivías a mí lado y por supuesto yo había seguido tus múltiples y soporíferos consejos para llevar una vida de pereza y bienestar con el fin de alcanzar una longevidad horrorosa al lado de cuantiosos chamacos, hijos solamente del pecado llamado lujuria que supongo sería el único exceso al que me darías acceso. Pero los anhelos de mi vida pronto me abofetearon señalándome lo ridículo y espantoso de esta pesadilla, y, sin más, me regresaron los pies a la tierra: amo y gozo todo lo que engorda, hace daño o está prohibido; tú, en cambio, quisieras desproveer de colesterol todas las yemas de huevo y hacer de lo correctamente político un verdadero lodazal, en el que quizá debiera luchar contigo encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, no sé si para darle un poco de sentido a mi fragmentaria e incorregiblemente aburrida vida sentimental, o si sólo porque eres la única mujer que me ha propuesto semejantes atrocidades con el objeto de hacerme experimentar lo que ninguna otra.
Aunque si te soy franco, debo aclarar que por un momento mi imaginación me sorprendió con una escena que jamás creí posible: tú vivías a mí lado y por supuesto yo había seguido tus múltiples y soporíferos consejos para llevar una vida de pereza y bienestar con el fin de alcanzar una longevidad horrorosa al lado de cuantiosos chamacos, hijos solamente del pecado llamado lujuria que supongo sería el único exceso al que me darías acceso. Pero los anhelos de mi vida pronto me abofetearon señalándome lo ridículo y espantoso de esta pesadilla, y, sin más, me regresaron los pies a la tierra: amo y gozo todo lo que engorda, hace daño o está prohibido; tú, en cambio, quisieras desproveer de colesterol todas las yemas de huevo y hacer de lo correctamente político un verdadero lodazal, en el que quizá debiera luchar contigo encarnizadamente, cuerpo a cuerpo, no sé si para darle un poco de sentido a mi fragmentaria e incorregiblemente aburrida vida sentimental, o si sólo porque eres la única mujer que me ha propuesto semejantes atrocidades con el objeto de hacerme experimentar lo que ninguna otra.
domingo, mayo 08, 2005
Luego de todos estos días en los que no habíamos cruzado palabra alguna, hablaste iracunda por teléfono para, con toda la fiereza que tus molares y colmillos te permiten, aventarme en cara que te habías enterado que el domingo anterior me vieron caminando por la Avenida de los Insurgentes al lado de una mujer de ombliguera que no paraba de reír ante la sarta de incoherencias que se me ocurrían, así como por las viscosas cosquillas que mi inquieta lengua le provocaba en su agridulce cuello de cisne. Cállate, pendejo, me tienes harta, eres un pitofácil, aseveraste haciendo gala de la finísima educación que siempre te caracterizó y con la que te diste a conocer en esas cantinas apestosas de las que me telefoneabas para que fuera a por ti y pagara la cuenta, porque, sobra decirlo, pero en esos momentos te volvía a renacer inexplicablemente una desbordada pasión por mí.
Pensé que tu llamada tenía como fin último saber qué ha sido de mí durante estas largas semanas, o para plantearme una solución para sacar el televisor de tu padre de la casa de empeño o, por lo menos, para ayudarte con la mudanza, otra vez, del cuchitril que rentas en Xochimilco a la casa de tu hermana la menor; pero no, parece ser que lo único que te mueve son tus arranques malévolos por molestarme y el malsano objeto de poner fin a mi vida con las demás mujeres. Desde hace años que te conozco, y no has hecho más que ponerme piedritas en el camino y utilizarme como imbécil y salida a tus tantos y absurdos problemas y mentiras en las que ya no caigo porque me sé al pie de la letra cada una de tus artimañas: cuando te comenté que sin saber por qué fui a parar al último rincón de este país y caí rendido a los pies de una mala poeta etílica, utilizaste una más de tus mentiras y argüiste que estabas encinta y que indudablemente la autoría pesaba sobre mis hombros, pese a que tú misma no creiste una sola de tus palabras porque sabías que la única vez que amanecí a tu lado fue cuando enfermaste de varicela y tu madre me pidió que viera por ti mientras ella regresaba de Boca del Río.
Y aunque no has dejado de llamarme onanista amateur, en activo las veinticuatro horas del día y de la noche, no había levantado el silencio porque me tenía sin el menor cuidado lo que pensaras de mí y de mi rutinaria y monótona vida, en la que habías desaparecido hasta el día de ayer en el que tuve que soportar la saliva que escurría del teléfono por tantas y semejantes majaderías e insultos. No, querida, no más, puedes ya buscarte otro más imbécil que yo para tu puerquito porque no estoy dispuesto a soportar uno más de tus somnolientos arrebatos.
Pensé que tu llamada tenía como fin último saber qué ha sido de mí durante estas largas semanas, o para plantearme una solución para sacar el televisor de tu padre de la casa de empeño o, por lo menos, para ayudarte con la mudanza, otra vez, del cuchitril que rentas en Xochimilco a la casa de tu hermana la menor; pero no, parece ser que lo único que te mueve son tus arranques malévolos por molestarme y el malsano objeto de poner fin a mi vida con las demás mujeres. Desde hace años que te conozco, y no has hecho más que ponerme piedritas en el camino y utilizarme como imbécil y salida a tus tantos y absurdos problemas y mentiras en las que ya no caigo porque me sé al pie de la letra cada una de tus artimañas: cuando te comenté que sin saber por qué fui a parar al último rincón de este país y caí rendido a los pies de una mala poeta etílica, utilizaste una más de tus mentiras y argüiste que estabas encinta y que indudablemente la autoría pesaba sobre mis hombros, pese a que tú misma no creiste una sola de tus palabras porque sabías que la única vez que amanecí a tu lado fue cuando enfermaste de varicela y tu madre me pidió que viera por ti mientras ella regresaba de Boca del Río.
Y aunque no has dejado de llamarme onanista amateur, en activo las veinticuatro horas del día y de la noche, no había levantado el silencio porque me tenía sin el menor cuidado lo que pensaras de mí y de mi rutinaria y monótona vida, en la que habías desaparecido hasta el día de ayer en el que tuve que soportar la saliva que escurría del teléfono por tantas y semejantes majaderías e insultos. No, querida, no más, puedes ya buscarte otro más imbécil que yo para tu puerquito porque no estoy dispuesto a soportar uno más de tus somnolientos arrebatos.
jueves, mayo 05, 2005
lunes, mayo 02, 2005
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